domingo, 2 de diciembre de 2012

La destrucción de la democracia en España (1): Palabra de diputada



 La historia nunca se repite. Los libros nos enseñan que la anterior gran crisis del sistema económico se palió gracias a la voluntad política decidida de la administración del presidente Roosevelt. El New Deal transformó profundamente la sociedad estadounidense. El país cobró conciencia de la cruda realidad a la que se enfrentaba, pero recuperó la esperanza en las elecciones de 1932. El electorado, que siempre acierta, barrió la opción del candidato Hoover, que no había hecho nada para hacer frente a la crisis y que no prometía nada, excepto críticas a su oponente, en la campaña electoral.
 Pero Roosevelt fue reelegido, como sabe cualquier estudiante de historia contemporánea, hasta tres veces más. Pese a las críticas que muchos historiadores estadounidenses vierten aún sobre el New Deal, hubo sin duda efectos positivos, quizá el más claro de ellos el de la recuperación del optimismo y la fe en el gobierno. Roosevelt se acercó todo lo que pudo a sus conciudadanos. Las charlas junto a la radio suponían una forma de contacto cercano que inspiraba confianza. Los actos oficiales de inauguraciones o conmemoraciones nos reflejan en las fotos y documentales de la época la imagen de un presidente próximo al pueblo. Más allá de los postulados keynesianos, que hoy cobran polémica actualidad, los habitantes de aquel país sintieron que con la ayuda de su gobierno y con su propio esfuerzo podrían salir del abismo. De hecho, muchos conseguían empleo y el paro disminuía lentamente.
 Cualquier parecido con la situación actual es pura coincidencia. Los gobernantes se alejan del pueblo porque no tienen nada que ofrecerle excepto más paro y más desilusión. La venta de semejante producto resulta problemática y solo los políticos sin escrúpulos están dispuestos a intentarla a toda costa. Resulta patético ver cómo han mutado los rostros sonrientes de la noche electoral del 20 de noviembre de 2011. El presidente ya apenas sonríe, lo mismo que la vicepresidenta. Otros no han sonreído nunca, es cierto, pero es evidente que ahora son menos capaces aún de hacerlo. Y quizá habría que tenerles lástima si no fuese porque nos damos más nosotros mismos, los ciudadanos de a pie. Sin embargo, están consiguiendo el efecto contrario, el darnos rabia. La política de eufemismos se reviste de un cinismo incomparable. Un nuevo lenguaje se ha desarrollado en las cavernas de esa conspiración perpetua contra el pueblo en que se ha convertido este gobierno insufrible, clandestino, sectario e incompetente. Cualquier término que no sea el de recortes vale para los ministros: ajustes, reajustes, regularización, redistribución, racionalización. A la inversión la llaman gasto y a este, despilfarro. Frases ofensivas sobre que determinados servicios los deben pagar los usuarios, que el rato del café debe ser suprimido, que las prestaciones sociales más perentorias no son para todos. Estos globos sonda perfilan la política de barra de bar del actual gobierno. Hay un elemento añadido: la impunidad con la que algún dirigente de relumbrón del partido gobernante dice su parte del guion. Muchos recuerdan la castiza “manda huevos” del entonces Presidente del Congreso, Federico Trillo. O la parecida del Ministro de Agricultura (entonces y ahora): “El trasvase lo haremos por huevos”. Al exceso de testosterona se añade más recientemente el célebre “que se jodan” de la diputada Fabra, que la sitúa al nivel de macho de sus ilustres predecesores en el verbo hiriente y espontáneo. Hablando de testículos, se hizo famoso hace unos meses el “si ten collons” del Presidente de la Junta de Extremadura, Monago, dirigido al Presidente de la Generalitat de Cataluña. Al apreciable error léxico  quizá se suma la grosería del tuteo (no sabemos si quería decir “si tens collons” o se refería a una tercera persona: “si té collons”), pero consiguió que todo el mundo en Cataluña lo entendiese a pesar de su pronunciación defectuosa. El insulto es recurso más fácil y menos imaginativo: el “hijoputa” de Aguirre a Gallardón la puso al nivel de la marquesa de barrio que es, un personaje novelesco del diecinueve. El de “pijo ácrata” dedicado al juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz se podría aplicar a muchos chusqueros clientelares del partido del gobierno, con la diferencia de que la acracia en este caso no procede de una cierta ideología sino de la prepotencia que otorga al escalafón de los meritorios haber ascendido a un puesto de la Administración o de las finanzas especulativas: Dívar era pijo por su estilo de vida y ácrata por no reconocer ni la suprema autoridad que su cargo implicaba. La directora de la CAM vivía como una marquesa y quería compensaciones económicas, como Dívar. Lo antepenúltimo hasta ahora roza lo delictivo: “las leyes, como las mujeres, están para violarlas”. Sin comentarios.
 La conclusión fácil es que la derecha es mal hablada y soberbia. Pero sus gestos incontrolados revelan en realidad una dinámica de tremenda incuria que le ha sido históricamente característica. En el llamado, antes de la corrección política de los libros de texto, “Bienio negro” de 1934-1936 se dedicó a deshacer punto por punto la política de reformas emprendida por el gobierno de Manuel Azaña. Su programa no era propio, sino definido por lo opuesto al del rival. Al menos entonces no mentían: proponían mucho de lo que hicieron cuando alcanzaron el gobierno. Ochenta años más tarde no queda ni esa pequeña coherencia. El gobierno del PP está haciendo lo contrario también… de lo que proponía su propio programa político. Este fraude a la ciudadanía deslegitima no a toda la clase política sino exclusivamente a los protagonistas de la estafa. Si se tratase solo de una incongruencia explicable por la falsedad de los dirigentes del partido o por las circunstancias de la economía estaríamos atisbando apenas un principio de explicación. La impresión es más inquietante: no saben qué hacer (frase favorita: haremos lo que haya que hacer, que no sabemos si demuestra más voluntad tozuda que incompetencia), pero deben aparentarlo porque, además de otros teóricos beneficios (dar seguridad a los mercados, a la UE y al BCE), esa oscuridad justifica cualquier tropelía. La revolución ultraconservadora y reaccionaria que está sufriendo el país halla amparo en la frase de marras: es decir, todo lo que hagamos vale, porque nadie sabe mejor que nosotros lo que hay que hacer. Así la política deviene un arcano para iniciados, porque el pueblo es ignorante. El desprecio fundamental que supone ese modo de argumentar, explícito en la actuación diaria e implícito en el “que se jodan” de la diputada de apellido imputado, supone la mayor violación de las reglas del sistema democrático, pero no la única.
 Los ciudadanos a duras penas comprendemos las cosas: solo vemos que se sanciona de por vida a un juez, que los obispos vuelven a abrir la boca para decir sandeces, que los banqueros corruptos se retiran con indemnizaciones millonarias, que los que no se retiran se aumentan los sueldos millonarios, que Madrid y Valencia han sido dos feudos cuya clientela ha costado también millones que se quedaban parcialmente en las arcas del partido que gobierna, que los voceros más inanes medran en el barro catódico. No mejora el panorama el equipo del presidente: machismo, mentira, descoordinación, sumisión a Berlín, Bruselas o el Vaticano. Unos amenazan nada veladamente con la intervención en las cuentas autonómicas de las Comunidades que son de otro color político, cuando no han intervenido en sus territorios fieles por aquello de los votos. Otras apuntan con el dedo al anterior gobierno sin darse cuenta de que los tiempos vuelan y ese recurso fácil en otras épocas ahora se vuelve contra ellos. Otros proceden de los lugares señalados como sospechosos de haber encendido el foco primitivo de la crisis.
 Este gobierno pasará a la historia universal de la infamia y los libros de historia del futuro solo le dedicarán un párrafo para resaltar la miseria moral de algunos de sus ministros, la estupidez como guía de sus acciones políticas y el fracaso más estrepitoso de la democracia española. Su obsesión de castigo es arbitraria y gratuita, y no logra disimular la ideología reaccionaria que esconde. Se presenta como cambios necesarios y eficaces lo que no es más que pobreza de miras, revanchismo antisocial y patriotismo barato.
 Gobernar contra los ciudadanos, esa parece ser la consigna. Como escribía Antonio Elorza hace unos meses en El País: ¿para qué seguir protegiendo a las clases menos productivas?
  

jueves, 19 de enero de 2012

SOBRE CULPAS Y TUMBAS

   En el verano de 2011 un libro de historia voluminoso como El holocausto español, del eminente hispanista británico Paul Preston, se situaba durante varias semanas en los primeros lugares de ventas de obras de no ficción en España. El fenómeno no parece tan llamativo si tenemos en cuenta que Paul Preston es un reconocido investigador del pasado reciente de nuestro país, especializado en la guerra de 1936-1939, la época del franquismo y la vida del dictador, que goza de una sólida reputación y que se benefició de un lanzamiento editorial tan bien calculado como el de esta obra, publicada en vísperas del Día del Libro, un hecho por otra parte nada raro para este historiador, invitado ocasional de las casetas de las calles barcelonesas el día 23 de abril.
   En su obra Paul Preston justifica el uso del término “holocausto” para definir la represión de los dos bandos enfrentados durante los años de la guerra y del bando vencedor durante una larga posguerra que alcanza de modo sistemático al menos hasta 1951. No parece discutible su argumentación, ni siquiera por la parte meramente léxica, pues el diccionario de la RAE define el término en su segunda acepción como “gran matanza de seres humanos”. Preston ha consultado una ingente documentación de archivos y fuentes primarias, así como las publicaciones más recientes de los numerosos historiadores españoles que se están dedicando a investigar los perfiles y los números aproximados de la represión. Con precisión quirúrgica y una forzada equidistancia de los dos bandos consigue describir el cúmulo de atrocidades que llevó, según sus cuentas, a la muerte a más de 180.000 personas entre 1939 y 1950, al margen de las víctimas causadas por las acciones de combate. No rehúye ningún asunto polémico y son particularmente interesantes sus análisis sobre los asesinatos perpetrados por el bando sublevado en la región más castigada, Andalucía, atizados por la vesania enfermiza de Queipo de Llano y la sed de venganza de los terratenientes; la matanza de la plaza de toros de Badajoz; la represión incontrolada de Falange Española sobre los “rojos” en la provincia de Valladolid; el espinoso asunto de Paracuellos, con un intento quizá no del todo logrado de definir la responsabilidad de Santiago Carrillo; la culpabilidad del general Franco en el bombardeo de Guernica; o la participación de los servicios secretos soviéticos en la liquidación del núcleo dirigente del POUM.
   Varios apéndices finales representan gráficamente los datos de la represión. Una reelaboración a partir de esos números permite comprender la magnitud del “holocausto”.


   No es este el lugar adecuado para comentar la evidencia de la tragedia, si acaso para plantearse una vez más la pregunta de qué razones explican la ferocidad atávica del crimen espontáneo o sistemático, caprichoso o justificado por los verdugos, ritual o vengativo. Y después, ¿por qué la represión continuó por parte del bando vencedor sobre el derrotado durante tantos años? Con ambos episodios hay equivalencias contemporáneas: la represión brutal del régimen de terror de Stalin contra los opositores de todo tipo en la Unión Soviética de los años treinta; las matanzas japonesas en China y la represión nazi contra los judíos de los años treinta y comienzo de los cuarenta. Se podrá argumentar que Stalin cifró la supervivencia de la URSS en la liquidación de los enemigos, que los crímenes de Nankín tenían una componente racista y que Hitler quiso apartar al pueblo judío del resto de la comunidad alemana, pero estas obviedades no se diferencian de la “cirugía” ideológica que pretendió el régimen de Franco. En los cuatro casos estamos hablando del más terrible invento del siglo XX, el genocidio de millones de personas que fueron consideradas por los gobernantes respectivos como seres ajenos al resto de la nación.
   Sin embargo, mientras Alemania perdía la guerra, Stalin y Franco sobrevivían con una impunidad que les dejaba las manos libres para seguir aplicando a su antojo los mecanismos de depuración del cuerpo social de sus países. Al menos la derrota alemana sirvió para asumir la culpa, aunque fuera solo en forma de borrón y cuenta nueva. La desnazificación establecida por las fuerzas aliadas de ocupación y la inmediata división del territorio a causa de la Guerra Fría cauterizaron el dolor de la derrota y facilitaron la redención de una culpa que nunca había sido del todo asumida por los alemanes. En el caso de Japón, la brutalidad del final de la guerra pareció un castigo inmerecido que ha distorsionado la introspección y el examen de conciencia. Esa consideración dificultó la asunción de la culpa por los japoneses de la posguerra. Tampoco ayudó la tutela que Estados Unidos ejerció inmediatamente sobre el enemigo de la víspera. Ian Buruma en El precio de la culpa lo expone a la perfección: “A los japoneses se les animó a hacerse ricos […]. El Estado siguió dirigido prácticamente por la misma burocracia que había gobernado el Imperio japonés, y el sistema electoral se organizó de tal manera que el mismo partido conservador corrupto pudo permanecer en el poder durante casi cuarenta años. Ese arreglo […] contribuyó a silenciar el debate público e impidió que los japoneses crecieran políticamente”.
   En la URSS la desestalinización emprendida por Jruschov a comienzo de los años sesenta fue una débil operación de limpieza del horror del período del “hombre de acero”. El oscurantismo de la gerontocracia soviética, justificado parcialmente por la estrategia de la Guerra Fría, ha perdurado en el régimen actual de Putin y sus secuaces. No se ve el camino para que la culpa sea asumida y liberada por el pueblo ruso y sus dirigentes actuales. Ha pasado demasiado tiempo. Desde el mundo que seguimos llamando occidental podemos atribuir semejante actitud a un “déficit democrático”. Pero, ¿qué se puede decir de cómo digiere y asume nuestro país el silencio, el olvido y la culpa del largo franquismo? A diferencia de Alemania y Japón, España no fue derrotada por un enemigo exterior. Esa circunstancia habría facilitado las cosas. El dictador perpetuó su régimen de control férreo durante cuarenta años. Las víctimas supervivientes morían a la vez que él. En países como Argentina y Chile, la relativa brevedad de sus dictaduras está permitiendo un sano ajuste de cuentas político y judicial. En España, una transición urgente a un régimen formalmente democrático pasó por encima del sentimiento natural de reparo y justicia. Solo que ese sentimiento lo han heredado los nietos de los derrotados, cuyo derecho al duelo les había sido arrebatado. La exhumación de los cadáveres de las cunetas de los caminos y de la historia debería ser la premisa ineludible de la asunción de la culpa y el fundamento de una nueva sociedad más madura. Pero no están los gestos de los tiempos por esa tarea. La fallida Ley de la Memoria Histórica, la negación o la justificación mediática de las atrocidades del régimen del dictador Franco, las frivolidades malévolas de los políticos desaprensivos y la ignorancia impune y contumaz de la historia por parte de los tertulianos de moda están levantando un muro infranqueable al que se añade la persecución implacable de una parte de la judicatura y de la clase política más cerriles contra el juez Baltasar Garzón, que ha sido la punta de lanza planetaria de lucha contra el olvido ominoso organizado por algunas de las dictaduras más sangrientas del siglo pasado. El mundo vuelve a España sus ojos sin comprender. Si Garzón cae, otros están manteniendo la llama de esa luz necesaria para que la historia más terrible de este país se conozca, para que las exhumaciones permitan la recuperación del llanto, del dolor, de la culpa y del luto. Sin duelo no hay consuelo ni reparación de un sufrimiento que es la única ofrenda colectiva que podemos presentar para que las generaciones venideras asienten su existencia social e histórica sobre un pasado libre de sombras. A ese propósito están contribuyendo personajes como el periodista Gervasio Sánchez con su exposición Desaparecidos, que concluye con un epílogo fotográfico sobre las excavaciones de fosas de la guerra de España de 1936-1939. Ese trabajo, junto con el de las propias familias, las asociaciones de recuperación de la memoria histórica, los arqueólogos, los antropólogos forenses y los historiadores dará su fruto, sin ninguna duda, pese a todas las trabas que se pongan desde la clase política, mediática y judicial.


miércoles, 20 de julio de 2011

Alemanes y nazis

 








   Hay momentos del siglo XX que no dejan de atraer la atención de quienes nos dedicamos a intentar desentrañarlos para que las jóvenes generaciones de alumnos los entiendan con claridad. Uno de ellos es, sin duda, la época de la Alemania nazi. Quizá no pasaría de ser un episodio más de las frecuentes guerras de ese siglo tan cercano y tan trágico, si no fuera por dos elementos especialmente incomprensibles y novedosos. Uno es, desde luego, la asociación de la expansión nazi con el Holocausto, la matanza sin precedentes de población judía de toda Europa. El otro, menos terrorífico, pero igualmente inquietante, con raíces explicativas asociadas con el anterior, es la aparente docilidad del pueblo alemán, la sumisión o la aceptación de los postulados hitlerianos. Ese fenómeno, contrapunto alarmante del comportamiento habitualmente revolucionario o resistente de las poblaciones del mundo durante el pasado siglo, resulta increíblemente misterioso. ¿Por qué esa docilidad del pueblo alemán? Más allá de las explicaciones sobre el temor de las clases medias europeas  a una “bolchevización” generalizada en Europa es preciso comprender las motivaciones profundas del fenómeno.
   La guerra de 1914-1918 y sus consecuencias visibles en las terribles cláusulas del tratado de Versalles habían significado una sensación de incredulidad, en primer lugar, de la misma derrota; y después, del castigo impuesto como resultado de esa derrota. Los alemanes no podían entender semejante castigo porque nadie les explicó qué habían hecho para ser derrotados. La República de Weimar, como han resaltado los historiadores del período, nació con el poderoso estigma de la inestabilidad. El pueblo alemán se sentía asediado y su reacción fue defensiva. Cuando Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933, comenzó lo que los nazis habían considerado su “revolución nacional”. La parte más aparatosa de esa supuesta revolución fueron las celebraciones inmediatas al ascenso de Hitler: el día de Potsdam, el cumpleaños del Führer y el 1 de mayo de 1933. Pero la auténtica revolución se gestó en las consignas del aparato del partido nazi y en su aplicación sistemática a los niveles más íntimos de la vida familiar y social de los alemanes. La gran idea de los nazis fue la creación de una comunidad del pueblo (Volksgemeinschaft) que fundamentara la solidaridad nacional. Esa construcción de formas nuevas de relación social se basó en la camaradería (Verkameradschaftung), fomentada desde campos comunitarios de adiestramiento (Gemeinschaftlager) por los que pasaron cientos de miles de alemanes desde 1933 y simbolizada por el cambio de trato, tú en vez de usted. Esa construcción consciente del pueblo fue resaltada por el cine y la fotografía, medios de comunicación y de propaganda especialmente cuidados por los nazis. La fotografía, en particular, sirvió como instrumento de registro de la propia participación en la historia en construcción. Al cabo de pocos meses los alemanes habían aceptado la visión nazi del mundo, que les otorgaba una sensación de confianza absoluta frente al miedo obsesivo generado tras la derrota de 1918. Y, aunque hubo rechazos y oposición, se puede afirmar que la mayoría de los alemanes se convirtieron al nazismo de un modo u otro, incluida la clase obrera, enganchada en el proyecto nazi por la restauración de la estabilidad económica.
   Esa comunidad del pueblo tenía signos distintivos: comenzó con la exigencia temprana en julio de 1933 del saludo “Heil Hitler!” entre los funcionarios públicos y continuó con la obligación de obtener el pasaporte ario, que destiló entre los alemanes la autoconciencia de la raza. Arios frente a judíos, esa fue la auténtica revolución, la creación de una nueva persona alemana que obligaba a considerar la categoría “judío” como opuesta a otra abstracción: Alemania. El amor por lo propio derivaba en odio a lo ajeno. A fundamentar esta visión contribuyeron los preceptos raciales de Hitler puestos en práctica por las SS mediante la comprobación genética y las prácticas de esterilización forzosa que alcanzaron a más de 400.000 individuos.
   A la postre, los nazis introdujeron formas de relación que reforzaban los lazos internos de las “buenas”  familias arias o que sustituían los más débiles por unos nuevos basados en la pertenencia a una comunidad social, y por lo tanto política, definida por la camaradería y la raza. “Unter uns”, entre nosotros, es la frase que simboliza una pertenencia que, después de la “noche de los cristales rotos” (9 de noviembre de 1938) se verá matizada aún más por la frase “Judenfrei”, sin judíos.
   En este punto del razonamiento cabe buscar conexiones entre la comunidad del pueblo alemán ario y el exterminio del no ario. El Holocausto no fue gratuito para los nazis, ni siquiera se entiende únicamente como el producto de la locura homicida de Hitler. Los sentimientos antisemitas estaban muy arraigados en el pueblo alemán. O, al menos, arraigaron entre los encargados de ejecutar los aspectos más terribles de la política racial: las SS y el ejército. Con frecuencia debieron de plantearse un conflicto ético constante entre sus nociones morales y la ideología nazi, pero para la mayoría el racismo era un hecho de la vida cotidiana, lo que les hacía aprobar las matanzas. Unas matanzas perpetradas con la aquiescencia de los oficiales de la Wehrmacht. Pronto, la destrucción de los judíos se convirtió en una premisa para ganar la guerra, por eso se aceleró, según los designios del Führer, para lograr el espacio vital del este de Europa libre de judíos. Paradójicamente, cuando la población civil alemana comenzó a tener noticia de los exterminios masivos a la vez que de la posibilidad de la derrota creció el coraje del final de la lucha. Sin embargo, convertida la derrota en realidad, no quisieron cargar con la culpa, solo con la vergüenza de haber perdido la guerra, en parte a causa de los judíos. Se sintieron víctimas de una historia cruel: los nazis habían “recuperado” Alemania para los alemanes; lo único que no supieron hacer fue ganar la guerra, ese fue el auténtico elemento de segregación moral entre el pueblo alemán y los jerarcas nacionalsocialistas que los llevaron a la derrota. Como dijo un oficial norteamericano: los alemanes “culpan a Hitler por haber perdido la guerra, no por haberla empezado”.
   Esa explicación inverosímil, que tiende a diluir la importancia del papel activo de los alemanes en los crímenes nazis, resultaba políticamente útil en la posguerra pues convertía a los alemanes en víctimas y a su complicidad en simple debilidad moral. De ese modo, igual que al término de la Gran Guerra, el pueblo alemán se sintió víctima en vez de verdugo y echó la culpa de la derrota al fanatismo brutal de los nazis que los habían engañado, como en 1918 echó la culpa a los dirigentes políticos. El desconocimiento alegado del sufrimiento provocado por los nazis equilibró el sufrimiento propio y sirvió para asentar las bases morales de una Alemania nueva, con una culpa muda, de oscuras ausencias y silencios.

  

  

  

   

martes, 1 de marzo de 2011

Un paseo fotográfico por Manhattan

El corazón de la península

Columbus Circle

Times Square

Las ojivas del puente de Brooklyn

El MET

La casa grande de la calle 42: los debates del mundo

El dromedario extraviado de San Baudelio de Berlanga

Grand Central

El edificio Chrysler

Los vigías del Chrysler

Lluvias de Manhattan

La punta del Empire State

Después de la tormenta

Broadway buscando avenidas

El sur de Manhattan

jueves, 30 de diciembre de 2010

Berlín, usar y reciclar

Ninguna ciudad como Berlín considera la conservación de las huellas de su pasado con tanta pasión. No hablo de la salvaguardia sistemática de los monumentos, las fachadas y los viales que las vicisitudes de la historia han legado a los tiempos actuales. Esa es una tarea a la que se aprestan cada día con más vigor ayuntamientos, intelectuales, urbanistas, arquitectos, historiadores del arte y hasta simples asociaciones de vecinos de todas partes de Europa. De ese modo convierten la faz urbana en un impresionante palimpsesto del que, paradójicamente, no querrían desear ninguna nueva mutación. Unos y otros pretenden fijar de modo eterno el aspecto de su ciudad. Con ese fin aspiran a relegar al casco histórico la esencia de lo que fue el pasado remoto y otorgarle una categoría casi inmutable de museo al aire libre, con pequeñas intervenciones para adecentar y facilitar los accesos, detener la degradación, construir focos de atracción para los turistas y estimular un desarrollo terciario uniforme dominado por las grandes marcas que suelen repartirse los centros históricos de la vieja Europa.
En Berlín esa tarea ímproba no es solo de conservación sino de reconstrucción. En este terreno su trabajo resulta más complejo porque la decisión de qué conservar o qué reconstruir no es siempre obvia. Evidentemente, las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial facilitaron la elección. Los centros vitales del régimen nazi sufrieron los bombardeos más encarnizados de los ataques aéreos aliados. Los pocos de ellos que no resultaron destrozados por las bombas, como el edificio del Ministerio del Interior del Reich en la avenida Unter den Linden, se han dedicado a otras funciones. Aquí la conservación es en apariencia la decisión elemental, si no fuera porque la huella del pasado histórico nazi resulta aún tan ominosa que el debate, como casi todo en la Alemania reciente, adquiere ribetes morales de profundo calado. La destrucción fue casi tan intensa en la famosa Potsdamer Platz, la zona de moda en el Berlín cosmopolita de los años veinte, que los arquitectos estrella han convertido desde finales del siglo pasado en un escaparate de multinacionales denostado y concurrido a partes iguales.

En el otro extremo se halla la decisión contraria: derribar para construir/reconstruir. Al acabar la guerra, el antiguo Palacio Real de los Hohenzollern, residencia de los soberanos prusianos desde el siglo XVIII junto al Spree en el centro de la Isla de los Museos, había quedado tan dañado que las autoridades de la República Democrática Alemana decidieron su demolición en 1950 para construir sobre su solar el Palacio de la República, la sede del parlamento de la RDA, inaugurado en 1976. Tras la caída del muro se descubrió que el edificio albergaba grandes cantidades de amianto entre sus materiales constructivos, por lo que se comenzó su desmontaje en 2006. En la actualidad tan solo queda el terreno sobre el que está previsto construir el Fórum Humboldt, un espacio multifuncional que incluirá la reconstrucción parcial del Palacio Real y que se espera inaugurar en 2015. Esta fiebre destructora/reconstructora se podría explicar por la creencia típica en la tenacidad del pueblo alemán, puesta a prueba durante los años de la posguerra, pero en el fondo revela la profunda esquizofrenia de un país cuyas sucesivas autoridades, empeñadas en borrar las huellas más terribles de su historia reciente, no han dudado en destruir los restos del período inmediato anterior construyendo literalmente encima de él.
En el caso de la capital alemana la decisión de conservar, destruir, construir o reconstruir ha revestido siempre un significado político acompañado de fuerte polémica, debido a que se trataba en el fondo de renegar de la historia central del siglo XX, tanto del régimen nazi como del comunista. En 1957 se decidió mantener en pie lo que quedaba de la Iglesia Conmemorativa del Emperador Guillermo, en el arranque de la Ku’Damm, maltrecha por los bombardeos, en vez de reconstruirla. Si bien el edificio data de 1895, es decir, de la época imperial, el hecho de conservarlo como un resto arquitectónico que sobrevivió a la Segunda Guerra significa una primera toma de posición política favorable a un reconocimiento de las penalidades y secuelas de una confrontación causada por los propios alemanes de los años treinta. De hecho, las ruinas de la iglesia se convirtieron en el símbolo más reconocible de Berlín occidental durante los año
s de la guerra fría.
No muy diferente en su sentido político es el mantenimiento y la restauración de varios restos del muro de Berlín (1961-1989) diseminados a lo largo del trazado urbano como una cicatriz que no acaba de curarse. El muro es historia reciente, incluso viva para los que de diferentes modos lo sufrieron. Como en los ejemplos anteriores la decisión de conservar algunas partes fue polémica. Un sector del muro se está recuperando en la Bernauer Strasse, donde se inauguró un sitio conmemorativo en 1998.

De este modo Berlín se dibuja lentamente. Ha mudado tantas veces en poco tiempo su fisonomía que no sabe a qué carta quedarse. La elegante capital de Prusia se vio alterada por las construcciones de los nazis, aunque afortunadamente nunca se llegaron a concretar los planes megalómanos de Hitler y Speer. Las bombas aliadas barrieron barrios enteros y dejaron intactos algunos más. El régimen de la RDA modificó el aspecto de Berlín oriental en clara competencia con las transformaciones urbanísticas del occidental, pero en ambos casos el gusto arquitectónico fue poco ejemplar. La caída del muro propició la recuperación de espacios urbanos vacíos y la “occidentalización” del lado oriental. Hoy la Friedrichstrasse se convierte en el escaparate del capitalismo más accesible al ciudadano, el de los bancos, los hoteles de lujo y el comercio de primeras marcas y tiendas de moda junto a la estación de ferrocarril y su “Palacio de las lágrimas”, el lugar donde se despedía a los seres queridos del otro lado en plena época de la guerra fría; la Leipziger Strasse afila los remates de los edificios que ganan altura y modernidad conforme se aproximan a la Potsdamer Platz; los turistas se desparraman por el Nikolai Viertel y enseñorean la Isla de los Museos; y el Barrio del Gobierno alivia su desolación gracias a los barcos que surcan las aguas del Spree. Pero hay otro Berlín: el de la Oranienburgstrasse y sus teatros, el de las terrazas del Landwehrkanal en Kreuzberg y el de las plazas arboladas atiborradas de mercadillos y de jóvenes familias desayunando una mañana de domingo en Prenzlauer Berg.
Es difícil elegir el símbolo de una ciudad. En Berlín, ese honor se lo disputan el edificio del Reichstag y la Puerta de Brandenburgo, pero lo mismo podrían ser aún la Iglesia Conmemorativa del Emperador Guillermo o los 368 metros de la Torre de Televisión, la Fernsehturm de 1969. Para ser justos con la atormentada historia de la ciudad, ese símbolo debería ser una construcción menos visitada, pero con todas las voces vivas del pasado reciente resonando aún en su interior: el viejo aeropuerto de Tempelhof, motivo de orgullo de los nazis, escenario privilegiado del puente aéreo durante el bloqueo de la ciudad, convertido ahora en parque municipal bajo la mirada vigilante de la antigua terminal, donde los berlineses que no conocieron la guerra fría pasean sobre sus bicicletas la satisfacción de saberse los protagonistas de esta nueva oportunidad que la historia les ofrece.




martes, 21 de septiembre de 2010

ESPEJOS Y ESPALDAS

El baño de Venus es un tema tradicional de la mitología clásica, ya tratado por escultores como Praxiteles, aunque con variantes en su presentación formal y temática. El Renacimiento plantea la recuperación del desnudo femenino con el pretexto mitológico. Una prueba temprana es el lienzo de Giovanni Bellini titulado Joven mujer con espejo, fechado en 1515, que se halla en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Resulta excepcional en su producción, centrada fundamentalmente en temas sagrados, sin embargo representa con suma elegancia la sensibilidad pictórica de la escuela veneciana.
Cabe pensar que el desnudo alude a la diosa Venus, si bien eso no consta explícitamente en el título de la obra. Las representaciones de la diosa de la belleza son numerosas desde el siglo XVI, sin olvidar el precedente de El nacimiento de Venus de Botticelli.

Tiziano, el gran pintor de la escuela veneciana, formuló más académicamente el tema del baño de la diosa, integrando en su representación los elementos que desde ese momento se van a convertir en característicos: el espejo, con una mayor presencia que en Bellini, los ropajes suntuosos y los amorcillos. Esta obra, de hacia 1555, fue, al parecer, pintada en varias ocasiones por Tiziano, pero sólo se conserva el lienzo de la Galería Nacional de Arte de Washington.

Existe una reedición posterior, realizada hacia 1611 por Rubens, el gran admirador de Tiziano, titulada Venus y Cupido, que se conserva en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Pueden apreciarse sutiles diferencias entre las dos representaciones: la túnica blanca que cubre el seno izquierdo y el vientre de Venus; y la presencia de un solo amorcillo, que se identifica con Cupido, en la versión de Rubens. En ambos casos, como en Bellini, Venus aparece sentada.
Esa misma posición, pero con una interesante variación, es la que emplea el propio Rubens para pintar Venus ante el espejo, lienzo que data de 1613-1614 y que se conserva en Vaduz.

La novedad reside en que Venus aparece de espaldas, lo que permite a Rubens trazar un espléndido desnudo posterior, resaltado por una luz dorada que contrasta vivamente con la esclava negra de la parte superior derecha y con el propio velo transparente, apenas perceptible, que destaca, más que disimula, la anatomía rotunda de la diosa. El modelo supone una novedad compositiva y formal que tendrá gran desarrollo posterior, aunque desligado del tema mitológico.

Con La bañista de Valpinçon, Ingres enlaza conscientemente con la pintura clásica que tanto admiraba y cuyas influencias en su obra fueron criticadas severamente por sus detractores. Sin embargo, las referencias a la mitología han desaparecido. Su desnudo de espaldas resulta peculiar por los defectos formales, como en toda su pintura, pero tan erótico y sugestivo como el de Rubens, gracias a los efectos de luz difusa sobre la piel de la bañista. El tipo perdura en obras como las de Degas y Renoir, que representan a bañistas despojadas ya de toda referencia divina, al contrario, enormemente humanizadas. La mirada distraída de la bañista de Ingres se torna gesto enérgico en la imagen de la joven peinándose de Degas o en la de la muchacha que se seca el pecho de Renoir, si bien ambas presentan una pequeña variación en el leve giro del torso hacia la izquierda.


La estela moderna de este tema puede rastrearse hasta Max Pechstein y Dalí, que usa una vez más a Gala como modelo para lograr un desnudo que parece cerrar el ciclo clásico emprendido con la obra de Rubens, depurado de ornatos y objetos, sólo la sábana y el pasador rojo del pelo.













La otra variante compositiva es la de Venus de espaldas y recostada, una mezcla entre las representaciones clásicas de Giorgione (Venus dormida, Gemäldegalerie Dresden) y Tiziano (Venus de Urbino) y el modelo de espaldas del propio Rubens. Hacía falta un pintor genial como Velázquez para crear ese modelo. El sevillano da literalmente la vuelta a la diosa para ofrecer un cuerpo de formas rotundas. Ese giro resulta también espectacular desde el punto de vista del significado, sometido aún a interpretaciones diversas centradas en el imposible reflejo del rostro de la diosa en el espejo, en la vulgaridad de su aspecto y en la presencia resignada (Julián Gállego) de Cupido.

La influencia de Velázquez es prolongada y fácil de seguir. Un cuadro poco conocido de Boucher, Las cuatro estaciones. Verano presenta una reelaboración casi idéntica, con la diferencia del escorzo que el original del sevillano no posee.
Más evidente es la copia del modelo en el caso de Renoir, fascinado por la obra del pintor de Felipe IV.



La tipología tiene, en fin, una larga trayectoria en las etapas siguientes del arte moderno, como puede apreciarse en Van Gogh, Ramón Casas y Matisse, que con ligeras variaciones mantienen de manera evidente el formato velazqueño.




miércoles, 26 de mayo de 2010

Las meninas, en observación


El tema de Velázquez es siempre la instantaneidad de una escena. José Ortega y Gasset

El profesor de la UNED J. Izquierdo Antonio ganó el IV Premio de Ensayo CAJA MADRID en 2006 con un estudio sobre Las meninas de Velázquez que fue publicado ese mismo año por Ediciones Lengua de Trapo. El estudio, de poco más de 100 páginas sin contar apéndices, notas, extras ni bibliografía, plantea una hipótesis original y sorprendente. En síntesis, el profesor Izquierdo propone que la génesis del célebre cuadro se debe a una especie de broma palaciega, tal vez urdida por el propio rey Felipe IV, cuya víctima habría sido la infanta Margarita, el personaje central de la composición. En el desarrollo de sus argumentos, apoyados por abundantes citas de muchos de los más conspicuos estudiosos de la obra del pintor sevillano, muestra la posibilidad de que la infanta fuese la persona inocente que se ve sorprendida por el momento final de lo que llamamos ahora una broma de cámara oculta. Con la aquiescencia real Velázquez permanecería escondido tras un cortinaje en el que quizá se había practicado un agujero a través del cual y mediante una cámara oscura, de más que probable utilización por el pintor, dibujaba rápidos esbozos de la infanta y de algunos de los restantes personajes que aparecen en el lienzo. El motivo de la ocurrencia queda sin explicación, excepto la lógica de que la anécdota podría ser contada por el rey en persona a cada uno de los atónitos visitantes que serían recibidos por vez primera tras la travesura, habida cuenta de que el cuadro fue instalado definitivamente en la pieza del despacho de verano, la habitación más privada del monarca.
Toda la hipótesis genera una inmediata desconfianza y no parece sino un despropósito irreverente. Pero hay elementos que, considerados uno por uno, no dejan de generar enormes dudas en cuanto preguntamos por ellos. Por ejemplo: la colocación peculiar de los personajes, tan cerca del tabique medianero que dividía, tras las reformas emprendidas por el propio Velázquez en 1646, la habitación que servía de taller del pintor. Sin duda, se trata de un lugar especialmente incómodo para observar a los reyes, los supuestos protagonistas del lienzo que aparece en Las meninas, con una pared por medio. Por otra parte, con esa distribución de los personajes, resulta evidente que el ángulo de reflexión del espejo haría imposible la visión de los reyes, pues el propio Velázquez llega casi a interponerse entre el supuesto objeto pintado (los reyes) y el espejo del fondo de la sala.


Asimismo, teniendo en cuenta el ángulo de entrada de la luz del sol por los ventanales de la derecha, que ilumina de lleno a los supuestos espectadores del acontecimiento, es decir, a la infanta, las meninas, los enanos y el mastín, con casi 45º con respecto al plano del muro, queda descartado que el objeto de la intensa concentración que refleja el rostro del pintor fuese la presencia de los reyes como tema de su lienzo. Claramente los personajes retratados son los que “realmente” aparecen en el cuadro de Las meninas. Para pintarlos Velázquez debió de situarse frente a la puerta del fondo de la sala contigua, por donde asoma el aposentador de la reina, don José Nieto, a una distancia de los personajes retratados calculada en unos seis metros y medio, quizá ya en la habitación posterior, la llamada Torre Dorada. Esta evidencia lleva aparejada una serie de conclusiones encadenadas: el gran lienzo del lado izquierdo no es otro que el propio cuadro de Las meninas, y lo que el pintor representa es el modo en que se organizó su elaboración. Ahora bien, si Velázquez está ante él en actitud pensativa, debió de poner un “doble” en ese lugar mientras él hacía desde la posición señalada anteriormente los esbozos de los protagonistas. Esa afirmación parece certificada por los análisis de rayos X realizados en 1984 con ocasión de la restauración de la obra. En ellos se percibe la presencia de una figura diferente, de aspecto más joven, en el lugar que ocupa Velázquez en el lienzo. Sin duda la figura del pintor fue superpuesta a la de su “doble”, lo que parece corroborado por la indefinición espacial de la paleta, casi encima de la cabeza de la menina. De este modo tendríamos determinados el objeto del cuadro y la posición real del pintor.
Por otro lado, los personajes no parecen estar posando. De hecho, constituyen un grupo bastante heterogéneo e irregular ─compárese con la versión goyesca de un tema similar, La familia de Carlos IV, en la que los retratados están en pose. El aposentador, José Nieto, se sitúa en la escalera del fondo al tiempo que parece sujetar algo, tal vez una cortina o un espejo, como han sugerido otros. En este último caso, la luz reflejada contribuiría a aumentar sustancialmente la intensa claridad que se recorta en el marco de la puerta entreabierta. Nada se puede deducir de su lejanía excepto, con un poco de imaginación, una borrosa sonrisa de complicidad. La guardamujer, Marcela de Ulloa, gesticula en plena conversación con el guardadamas como si lo que acontece delante de ellos no le interesase… o como si no aconteciese nada. En la segunda posibilidad su comportamiento parece más explicable que en la primera, una grosería impensable en presencia de los reyes. Por su parte, el guardadamas mira de frente distraídamente como queriendo librarse de su apabullante verborrea. Nicolasito Pertusato, en uno de los gestos más espontáneos de la historia de la pintura, se dedica a molestar a puntapiés al manso mastín, que ya dejó atrás sus tiempos jóvenes de cazador al servicio del rey Felipe IV. Su distracción, tolerable en un niño, resulta explicable por aburrimiento tanto de lo que ocurre como de lo que no. La menina de la izquierda, María Agustina Sarmiento, permanece atenta a la infanta y le ofrece la jarrita con agua. Otros tres personajes, aparte quizá del “doble” de Velázquez, miran al lugar donde hemos concluido que se halla el pintor. Pero con una diferencia: Mari Bárbola lo hace directamente, en evidente postura de espera, más que de pose. Su actitud es la de una profesional contra el tedio de la corte, que entiende que el espectáculo que se va a desarrollar ante sus ojos supera con creces sus torpes interpretaciones. Mientras que la infanta gira los ojos a su derecha y la otra menina, Isabel de Velasco, desvía los ojos hacia su izquierda. Las dos parecen volverse hacia algo que acaba de reclamar su atención en ese preciso instante. La convergencia de sus miradas se produce en el lugar donde se halla Velázquez.

Hasta aquí, una descripción de lo que, en una lectura razonable, muestran los gestos y las miradas. La variada gama de comportamientos espontáneos de los personajes no sugiere que estén sirviendo conscientemente de modelos para un retrato colectivo. Cualquier pintor sensato ─y Velázquez lo era─ se habría rebelado contra semejante caos de actitudes. Reaparece en este punto de la argumentación la duda de si a quienes está realmente pintando el sevillano es a los reyes, pero esa perplejidad en apariencia irresoluble no modifica la evidencia de que lo que de verdad se ha retratado en Las meninas es un grupo de espectadores más bien impacientes y distraídos. Imposible tenerlos quietos. Toda la escena es una instantánea captada ágilmente por el ojo observador del pintor. Un segundo capturado en su retina o, tal vez, un resumen selectivo de algunas de las actitudes que suelen adoptar las gentes que esperan algo. Algo que se ha ocultado a su vista mientras Velázquez esbozaba con trazos maestros lo esencial de cada personaje, agazapado en una posición privilegiada, viendo sin ser visto, haciendo de mirón tras un cortinaje quizá reflejado en el espejo del fondo. Los asistentes están esperando una breve farsa, como el que se detiene ante un teatro de guiñol cuyo telón está a punto de descorrerse pero se demora un poco y ese retraso hace que la gente se ponga a hablar, beber o jugar con el perro. Con un matiz: ese algo ya acaba de acontecer y su efecto es lo que muestran las miradas sorprendidas y sesgadas de la infanta y de la menina Isabel de Velasco, que parece iniciar una inclinación de respeto. La sorpresa es tal vez doble: por un lado, la aparición inesperada de los reyes, y por otro, el descubrimiento de que los personajes del cuadro han sido espiados y dibujados por el pintor sin darse cuenta. Los reyes aparecen para desvelar el meollo de la broma en el momento culminante en que confluyen la impaciencia de los asistentes a una función que no comienza y la voz del artista diciendo: “¡ya está, ha sido suficiente!”. Su presencia indirecta en el cuadro mediante el recurso del espejo puede servir para certificar su calidad de autores y al mismo tiempo testigos de la ocurrencia. Esta última cualidad no es diferente de la que se atribuye a la presencia más que probable del pintor Jan van Eyck en el reflejo especular del célebre Matrimonio Arnolfini, tabla que entonces se hallaba en las colecciones reales y que sin duda Velázquez conocía muy bien.
El profesor J. Izquierdo completa su exposición con enjundiosas citas de los hábitos de entretenimiento de la corte de Felipe IV y el papel reservado en él a los bufones y enanos; de las incursiones del propio monarca en la preparación de actos festivos como el que se intuye en el cuadro; y de la más que probable autoría real de la broma. ¿Una divertida ocurrencia para alegrar las relaciones familiares? ¿O mejor, un regalo de los reyes a su hijita, que cumplía cinco años el 12 de julio de 1656? No es descabellado, teniendo en cuenta que la obra está fechada en ese año y que la luz del suroeste que entra por los ventanales es de una intensidad estival de media tarde. Sea como fuere, la hipótesis del principio se nos revela progresivamente más y más creíble conforme seguimos interrogando al cuadro. Por si no resulta del todo convincente, cabría mencionar aquí que se conserva en el Reino Unido un boceto atribuido a Velázquez ─si bien algunos lo creen una copia del siglo XVIII─ de idéntica composición que Las meninas, pero con los contornos más perfilados. Bien podría tratarse del boceto original que Velázquez trazaba con su cámara oscura detrás de la cortina que lo ocultaba a la mirada interrogadora de la infanta Margarita.