jueves, 10 de agosto de 2017

La lucha por la desiguald


El historiador y editor Gonzalo Pontón publicó en septiembre de 2016 un amplio volumen titulado La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII. El libro, prologado por Josep Fontana, responde con exactitud enciclopédica al título enunciado. Y su tesis, defendida en sus páginas con rigor y vehemencia, es que el siglo XVIII supuso en la historia europea el momento crucial de aceleración de la desigualdad que hoy resulta característica del capitalismo de crisis en el que nos movemos. Enlaza con la idea clave de Pikety de que la desigualdad tiene una historia tan larga como el propio sistema capitalista, con momentos de reducción y otros de desarrollo. Para Gonzalo Pontón el siglo XVIII representa el inicio de esa expansión de la desigualdad de las clases sociales. Y se apresta a demostrarlo con una aportación apabullante de datos y cierta entrega iconoclasta que no rehúye polémicas con otros historiadores.
Para empezar, desmiente los propios conceptos de “revolución agrícola” y de “revolución industrial”. En el primer caso, afirma que los campesinos se vieron sistemáticamente expulsados de la tierra, en Francia por el feudalismo tardío, y en Gran Bretaña por el capitalismo incipiente de los cercamientos y el uso de utillaje moderno. En cuanto a la revolución industrial inglesa, sugiere que fue paulatina, sin despegue, contra las convenciones académicas aún predominantes. Resalta la intervención decisiva del estado británico a través de regulaciones y de aranceles, los más altos de Europa entonces. La industria británica se benefició de una enorme demanda de productos manufacturados, lo que llevó a sus fabricantes a optar por un modelo de economía de oferta que supuso la opción más depredadora para la especie humana, en un momento en el que el hambre y las grandes epidemias habían sido erradicadas. En suma, fue el comienzo de la explotación.
Pontón dedica un amplio apartado a dibujar los rasgos esenciales de esa explotación: mano de obra de mujeres y niños y salarios miserables. Buena parte de los inventos técnicos de la época se hicieron pensando en la mano de obra de los niños, que, junto con sus madres y hermanas, mantuvieron la vida de los pobres de Gran Bretaña. Algo parecido sucedió en España y Francia. De modo que la “fiebre consumista” fue protagonizada por las clases medias, que vieron crecer su poder adquisitivo mientras en Europa el número de pobres alcanzaba los cien millones.
El autor evidencia, en un ámbito más puramente político, que Inglaterra ganó casi todas las guerras del siglo XVIII gracias a la combinación de préstamos baratos e impuestos elevados y con el concurso de una tropa reclutada entre pobres, deudores, vagos y maleantes. Por supuesto, hubo protestas y motines contra ese criterio de recluta y contra los ricos. Protestas que, por razones diferentes, se venían dando también en Francia. La “grande peur” había empezado en realidad, sostiene Pontón, en el invierno de 1788, que fue el más frío del siglo; y se recrudeció en el corazón de Francia a partir de marzo de 1789. Por cierto que en ese mismo contexto contestatario sitúa el motín de Esquilache en España, protagonizado por comerciantes, trabajadores, artesanos, albañiles y criados. La represión posterior, decretada por el conde Aranda, supuso la detención de más de seis mil personas.
Gonzalo Pontón aborda con profusión los aspectos culturales de la Ilustración. Ninguna empresa de educación sistemática de los niños fue puesta en práctica por los gobernantes europeos, con la excepción quizá de Prusia y el imperio de Austria. En Inglaterra no hubo enseñanza elemental obligatoria hasta la Ley de Educación Elemental de ¡1870!
En cuanto a los más puramente ideológicos, su conclusión es rotunda: los filósofos ilustrados eran mayoritariamente aristócratas reaccionarios, adscritos al lado de la burguesía y contra las clases populares, a las que despreciaban. Consideraban peligrosa la igualdad política y social, aunque no la natural. Solo salva a Spinoza, como precursor, a Pierre Bayle y al barón d’Holbach.
En cuanto a los monarcas de Europa, niega el apelativo de ilustrados a todos ellos, sin excepción. Es especialmente crítico con Carlos III, lo que puede provocar más de un sarpullido entre algunos historiadores españoles del siglo XVIII, dada la oficial tendencia a considerarlo el más preclaro ejemplar de la dinastía reinante, después del actual, por supuesto.
De los ilustrados y políticos españoles apenas exonera a Jovellanos, Antonio Campmany y algunas cosas de las que emprendió Olavide. Despacha con dureza al marqués de la Ensenada, a Campomanes, a Floridablanca, al padre Feijoo y a Cadalso. Pero no es menos severo con Voltaire, Montesquieu o, sobre todo, Rousseau.
En su introducción Gonzalo Pontón anticipa las conclusiones a las que después llega. La burguesía se impuso en la segunda mitad del siglo a los estamentos feudales y transformó su potencial económico en potencial político. Pero esa misma burguesía emprendió a continuación una lucha por la desigualdad más duradera y más triunfal: “la que la enfrentó a las clases subalternas de las que se había escindido y que habían de ser, ahora, sus vasallos como antes lo habían sido de los señores feudales, pero con un cambio fundamental en los modos, en las formas y en el lenguaje: ahora los comunes serían libres para contratar su fuerza de trabajo con la nueva clase dirigente. Se iniciaba así un nuevo avatar del capitalismo, ahora como sistema social y forma de vida que excluía toda alternativa”.


miércoles, 19 de julio de 2017

Tertulianos tóxicos


Los programas de tertulia televisiva sobre temas políticos de actualidad están de moda. A diario, con una alternancia precisa, aparecen en la pantalla los mismos periodistas, portavoces parlamentarios, politólogos y expertos varios sobre las diversas ramas de las ciencias y los escándalos políticos.
El televidente se arma de paciencia sin poder reprimir al mismo tiempo un morbo inevitable por la esperada gran noticia de la corrupción, que nunca llega porque todas son grandes, aunque cada vez nos lo parezcan menos a fuerza de costumbre. Y ahí están los técnicos de la información y de la intoxicación para comentarlas. Pero el debate acaba convirtiéndose en una escaramuza de buenos y malos, según el pelaje ideológico de cada tertuliano. De modo que es muy difícil averiguar casi nada que no se sepa de antemano. A veces la discusión alcanza el nivel calificable de bronca, con el consiguiente enfado de al menos dos de los tertulianos y el regocijo de una buena parte del público.
Hay un programa en el que se olisquea la sangre constantemente, con tertulianos casi fijos: La Sexta noche. Hay que reconocer el buen oficio del presentador, Iñaki López, que sabe manejar con exquisitez y temple los momentos de mayor tensión. Pero a veces la cosa llega a mayores y resulta casi imposible sujetar a las fieras.
El sábado 15 de julio, una fecha oportuna como pocas, la disputa entre el ubicuo director de La Razón, Francisco Marhuenda, y Jesús Maraña, director de infoLibre, a propósito de la noticia generada porque el ayuntamiento de Guadalajara quería cobrar los gastos del funeral de un fusilado exhumado de la Guerra Civil en aplicación de la llamada Ley de Memoria Histórica, subió de tono. Pronto sucedió lo inevitable: el tema se desvió a los orígenes y causas de la propia contienda.
El inefable Marhuenda mostró lo que con cierta frecuencia le cuesta ocultar, quizá porque no lo intenta. Pronto sacó el argumento de que la República ya había hecho un golpe de estado en 1934, en Asturias y en Barcelona. Lo manejó sin rubor como descargo del que dieron los militares en julio de 1936. También tuvo tiempo de mencionar que las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude, pues estaban manipuladas. El nuevo revisionismo histórico, establecido que el franquismo es indefendible, tiende a remontarse a lo que considera sus antecedentes para continuar el desprestigio de la etapa republicana. Cuando Jesús Maraña intentó argumentar que los historiadores dan por sentado que el golpe de estado supuso el inicio y la causa inmediata de la Guerra Civil, el conspicuo director de La Razón se quitó la media careta que aún lleva y le replicó que esos historiadores eran “unos chorras”. De nuevo repitió los exabruptos, envalentonado cual júligan con varias pintas en el cuerpo. Afortunadamente, la admirable bonhomía de Jesús Maraña evitó que la bronca fuese a más. También terció el presentador, con una cambiada larga y pase prudente a otro tema.
Probablemente los historiadores a los que aludió Marhuenda con ese calificativo tan poco elegante no estaban ante el televisor la noche de marras viendo el programa. No sabemos cómo les habría sentado ese comentario de quien presume una semana sí y otra también de varias licenciaturas y doctorados, de ser profesor en la universidad, de ex director de gabinete del presidente del gobierno y de no sé cuántas cosas más. Pero a quienes nos hemos dedicado con suma modestia a explicar la historia de este país a miles de alumnos durante años las afirmaciones de Francisco Marhuenda nos repugnan profundamente.
No se discute que, en efecto, elementos de la oposición política y social a los gobiernos de derechas intentaron un golpe de estado en Asturias; ni que la Generalitat llegase a darlo en octubre de ese mismo año. Tampoco que hubiese conventos e iglesias que ardieron en Madrid en mayo de 1931, pero no fue la República la que los hizo arder. Hay una profunda raíz de descontento anticlerical en algunos de los movimientos de protesta social de la Europa contemporánea: la Semana Trágica de Barcelona de 1909 es el más célebre, pero la quema de iglesias no es un fenómeno nuevo en la historia del continente (véanse los motines de Gordon de Londres en 1780). Son hechos que la historia debe asumir, explicar e interpretar. Ahora no se queman iglesias, se organizan 15-M.
Pero el punto más humillante de los desatinos de Marhuenda es que da cobertura moral al golpe de los militares de julio y atribuye de paso a la República la principal responsabilidad de la guerra que vino después. A nuestros alumnos les enseñamos que la guerra fue provocada por un golpe de estado que destruyó la legalidad de un régimen democrático salido de las urnas; y que de resultas de la guerra se estableció en España un régimen fascista que reprimió a los vencidos durante al menos los doce años siguientes al final de la contienda. Flaco favor hace el tertuliano a quienes procuramos ser objetivos y educar a los jóvenes de este país en lo más cercano a la verdad histórica. No sé qué pensarán de las palabras de Francisco Marhuenda los Julián Casanova, Gabriel Jackson, Santos Julià, Enrique Moradiellos o Paul Preston, pero me lo puedo imaginar. Por desgracia ellos no aparecen tanto en televisión.

viernes, 26 de mayo de 2017

LSD


  Droga pura y dura. El proceso de primarias del PSOE ha dejado resaca. López, Sánchez y Díaz nos han hecho alucinar durante unas semanas de ¿campaña? electoral sin precedentes en la historia reciente de la democracia española.
  El primero apeló siempre a la unidad, intentando en apariencia mediar entre dos facciones irreconciliables, en fin, queriendo ser aguja de coser un roto, rebelde a fuer de desgastado el tejido. El segundo ganó por deméritos de los rivales y hastío de muchos militantes hacia la corrupción del PP. La tercera perdió por una mezcla de torpeza (mal cálculo de sus poderes) y de soberbia (no hubo programa ni campaña propiamente, excepto la reiteración del vamos a ganar al PP).
  Pedro Sánchez fue descartado prematuramente cuando la cuartelada del 1 de octubre lo descabalgó de su montura. Un golpe tan zafio, propio de la España decimonónica, no podía ser perdonado por los espíritus ecuánimes. Cierto que la entrevista con Jordi Évole en Salvados le granjeó más enemistades (en realidad eran las mismas que ya tenía, solo que ahora fueron declaradas), de modo que más de uno certificó su entierro político (ya había sido ejecutado por la “ejecutiva”). Sin embargo, obró con audacia juliana y, tras dejar el acta de diputado, empezó a sopesar las posibilidades que le ofrecía el proceso de las primarias.
  La audacia fue sustituida por astucia. Primero calibró la traición de sus allegados: aprendió una dura lección política en sus carnes por las defecciones de Luena y Hernando. Después comprobó la mala fe de la gestora al dilatar todo el procedimiento con la esperanza de que se disolviera el tufo de la asonada. Por último, corroboró la sospecha de la mala planificación de Susana Díaz, que hizo una campaña sin principio ni fin, llena de frases huecas, y tardíamente anunciada. López nunca fue rival, sino el contrapunto ético que resaltaba la banalidad de las propuestas de Díaz. Al menos, Pedro Sánchez entonaba de nuevo el mantra del “no es no” y la versión revertida de “sí es sí”, con la diferencia de que ambas cobran más sentido cuando ya es evidente que el partido del gobierno se mantiene indignamente sobre un flotador relleno de corrupción.
  Los análisis habituales de que las bases saben lo que quieren y están alejadas de las élites son básicamente ciertos. Susana Díaz nadaba contra la corriente y no supo leer la historia reciente de su propio partido: Borrell, Zapatero, el propio Sánchez… Su rostro en la foto de la noche electoral delataba algo más que decepción.
  Ahora se abre un futuro incierto. Los barones del PSOE han quedado tan desairados como la propia candidata apoyada por ellos. Cuando acusaban a Sánchez de haber hecho daño al partido emplearon una saña impropia, pero sobre todo innecesaria. Nunca reconocerán que ellos han hecho más daño que el propio “secretario general electo”.
  Hará bien Sánchez en no fiarse de ellos. Si fueron capaces de una alcaldada como la del 1 de octubre, son capaces de poner todos los palos en las ruedas del nuevo secretario. Pero hay que darles un margen de confianza, no debería verlos Sánchez como enemigos.
  Más claros tiene otros. Los de siempre. El editorial de EL PAÍS del 22 de mayo se volvía a despachar a gusto: El “Brexit” del PSOE. La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.
  Más allá de la poco afortunada y oportunista comparación con la salida del Reino Unido de la UE, el segundo titular supone ya una declaración de guerra. ¿Por qué profundiza la crisis la victoria de Sánchez? Intenta explicarlo el editorialista, pero es poco creíble, se tira a la yugular con un odio atávico difícil de entender, excepto por un contagio de los métodos y estilos de la caverna mediática de la derecha más rancia.
  Comienza acusando a Sánchez de las derrotas electorales (¿olvida a Alfredo Pérez?), las divisiones internas y los vaivenes ideológicos. Las divisiones internas no las produjo él, uno no se divide solo, lo dividen. Los vaivenes se los impuso la baronía cuando el 28 de diciembre de 2015 le prohibió pactar con nacionalistas/independentistas.
  Después comete un error de bulto equiparando el Brexit con el reférendum colombiano y la victoria de Trump. Pero da por hecho que los tres acontecimientos son el resultado de prácticas torticeras de los diseñadores de las campañas electorales, como si de nuevo los votantes no supiesen votar.
Sin embargo, la línea profunda del razonamiento es más increíble: Sánchez no pudo gobernar ni puede hacerlo, lo cual, según el editorialista, lo inhabilita para ser secretario general. Parece deducirse el silogismo de que solo quien esté en condiciones objetivas de gobernar está legitimado para saltar a la palestra de la política española. Sin embargo, Susana Díaz habría estado en las mismas condiciones que su rival, fuera del Parlamento y sin posibilidades hasta las próximas generales, independientemente de que ella no hubiese hecho “giros ideológicos”.
  Justo por hacerlos tiene Sánchez más posibilidades que Susana Díaz. El editorial termina con una especie de maldición profética e insiste en la profundización de una gravísima crisis interna con Pedro Sánchez al frente. No parece darse cuenta de que la victoria de Sánchez refleja el triunfo de unas ideas que están pidiendo la modernización del partido. En vez de mirar al legado de un pasado no tan ejemplar, las bases están señalando a todo el partido, no a Pedro Sánchez, el camino del futuro. Y de una forma irreprochablementedemocrática. De la que carece, por cierto, el dedo del señor Rajoy.
  EL PAÍS no parece entender que el grado de hastío de la ciudadanía hacia la corrupción del partido gobernante se incrementa. Con la excepción del gobierno de Felipe González, ningún otro ha presidido España durante más de ocho años. Cuando termine ese ciclo, si hay cierto mantenimiento de la leve recuperación, el PP perderá las elecciones, habrá dejado de ser el instrumento tal vez necesario, tal vez útil para salir del hoyo; y, por lo tanto, será prescindible. La socialdemocracia se maneja mejor en la abundancia que en la escasez, a diferencia de la derecha, que solo sabe gestionar injusticia, desigualdad y recortes. El populismo es también de derechas y puede llegar a ser muy reaccionario. Es populista exigir responsabilidad por sistema a los partidos de la oposición con el o estás conmigo o estás contra mí, como si no hubiese otras vías. Es populista descalificar al adversario sistemáticamente, es populista negar las evidencias de los recortes, la corrupción y los intentos por taparla para que no aflore. Y es groseramente populista y maleducado, al estilo del más adusto Maduro, que el señor Rajoy no haya felicitado al nuevo secretario general del PSOE.

miércoles, 8 de junio de 2016

Anatomía (patológica) de un editorial

   El editorial de EL PAÍS del día 5 de junio titulado Una gran impostura constituye una muestra más de los ataques a los que, por desgracia, nos ha ido acostumbrando ese periódico desde la irrupción de nuevas fuerzas en el panorama político español. Vayamos por partes.   
   En su primer párrafo se afirma lo siguiente: “A medida que se acercan las elecciones del 26 de junio, la coalición Unidos Podemos deja más clara su ambición de rebasar al PSOE, colocarse como única alternativa al PP y auparse al poder”. Nada que objetar a ese enunciado, esa ambición, término nada engañoso para el diccionario de la RAE, ha sido expresada, incluso dada por conseguida públicamente por los representantes de PODEMOS, más que por los de IU, que andan apenas asimilando su nueva situación en el tablero de la partida que está por jugar. Por otra parte, la “ambición” de “auparse al poder” es la de todos los partidos políticos en liza, ¿o acaso concurren a unas elecciones con otro objetivo que no sea el de ganar? Pero esta introducción es de tanteo, el editorialista continúa destilando nada veladas acusaciones: “Hasta el punto de que ya convence a un elector de cada cuatro, según el sondeo de Metroscopia que publica hoy EL PAÍS, un sondeo alarmante aunque sea una instantánea de la realidad actual y no una predicción del resultado electoral”. Nada más alarmante que el propio adjetivo, comienza la escenificación del miedo al 26-J, que tan insidiosamente practica EL PAÍS desde hace ya más de dos años. La pregunta sería ¿por qué “alarmante”? ¿Para quién? No se discute la línea editorial de cada medio de comunicación ni la opción política que considere más adecuada, pero el uso de adjetivos alarmistas, y este lo es más que otros, recuerda demasiado las viejas y nuevas campañas del miedo que el propio periódico acostumbraba denunciar en otros momentos históricos con tanto fervor.

   Sigamos, no tiene desperdicio: “Frente a las dudas y debilidades de los socialistas y el descaro del PP de presentarse como el valladar contra el extremismo, la encuesta muestra la movilización de un electorado seducido por un pacto entre Podemos e IU tan artificial como oportunista y plagado de incertidumbres programáticas”. La habitual andanada contra el PP y los nubarrones sobre Pedro Sánchez se complementan con una pócima digna del más rancio vocabulario de la prensa franquista. La seducción como arma ideológica propia de la guerra fría aparece aquí en tono admonitorio: ¡Cuidado, electores! Sois bobos si os dejáis seducir por la verborrea comunista. ¡Atentos a los cantos de sirena, ataos a los mástiles de la nave para no caer víctimas de Caribdis (Unidos Podemos), que de Escila (PP) ya nos encargamos nosotros! En el mismo párrafo califica de “artificial” y “oportunista” el pacto de IU y PODEMOS sin aportar justificación alguna. Esa es una grave carencia de un medio que se considera paradigma de prensa equilibrada. El pacto no es artificial ni oportunista: independientemente del rédito de votos, esa alianza fue ya intentada con ocasión del 20-D y no se logró por la resistencia del sector arcaizante de IU, que, como el editorialista de EL PAÍS, veía peligros y oportunismos. Alberto Garzón ha madurado su estrategia y ha consolidado en estos meses su posición dentro de IU, aprovechando su sensatez negociadora alabada por muchos comentaristas durante los meses del gran atasco. La unión de ambos partidos era un anhelo de muchos ciudadanos que aspiran a que gobiernen de una vez formaciones que representan a una mayoría social que en España en estos momentos es de izquierdas. Respecto a las “incertidumbres programáticas”, desconocemos si al editorialista le parecen más graves que las certidumbres mentirosas del PP en la campaña de 2011 o que las “dudas y debilidades de los socialistas” en la actual.
   El editorial va aumentando el tono acusador y demagógico: “La crudeza de Pablo Iglesias fue elocuente cuando planteó condiciones draconianas al PSOE en la breve legislatura precedente. Ahora, Podemos se dedica a amenazar a un PSOE aturdido con una eventual desaparición en caso de no apoyarles y así garantizarse su apoyo para llegar a La Moncloa. Su estrategia es clara: asfixiar a los socialistas negándoles el acceso al Gobierno…”
   Sin discutir las “condiciones draconianas”, en parte resultado de una falta de confianza en el PSOE que certificó su pacto con Ciudadanos, no es cierto que PODEMOS amenace a los socialistas con una eventual desaparición, jamás ha salido de labios de Pablo Iglesias semejante afirmación, ni siquiera como posibilidad política. Lejos de semejante infundio, Pablo Iglesias ha mencionado reiteradamente en esta permanente campaña su intención de contar con el PSOE para un futuro gobierno de cambio. La desaparición del PSOE “en caso de no apoyarles” no dependerá de Unidos Podemos, sino de una parte del electorado del PSOE desconcertado por la irresolución de su líder ante la oferta de Unidos Podemos y por sus negociaciones estériles con el partido de Albert Rivera. Todo esto desmiente la provocadora mendacidad de la última frase. La estrategia de PODEMOS no es negar el acceso al gobierno del PSOE, sino contar con él para que sea la coalición de Iglesias y Garzón la que lo forme, con la previsible entrada de ministros socialistas en él. No es realista suponer que Pedro Sánchez, que será la tercera fuerza política del nuevo Parlamento, tenga ocasión siquiera de intentarlo. Su papel, si sobrevive a la voracidad de sus barones regionales, será el de dar o no su apoyo a la primera fuerza de la izquierda.
   La parte más ridícula del editorial llega a continuación: “…y dominar la agenda mediática, para lo cual ha contado con el inestimable apoyo de un canal de televisión perteneciente a Atresmedia, grupo empresarial que juega a todas las barajas —es el mismo que edita La Razón— y que sabe estar al lado del Gobierno cuando la situación lo requiere”. No cita por su nombre a la Sexta, lo que constituye un ejercicio de infantilismo absurdo. Pero el colmo del cinismo es la acusación de jugar “a todas las barajas”. La Sexta era antes para la derecha mediática “la cadena de Zapatero”; ¿es ahora para EL PAÍS la de Pablo Iglesias? ¿Acaso EL PAÍS, vinculado a PRISA, es un medio independiente que no ha apoyado nunca a ningún gobierno? ¿No parece esto una pataleta de Cebrián porque la Sexta aireó sus supuestas turbias conexiones familiares con paraísos fiscales? Cebrián, el mismo al que alguno de sus empleados tilda de “tirano como Calígula” (ver el artículo Aquí, sufriendo de EL PAÍS de las Tentaciones del 29 de mayo), dirige con mano de hierro a sus redactores para que tomen cumplida venganza en un editorial insidioso como pocos.
   Consciente de sus excesos previos, el autor concede algo que había negado en el primer párrafo: ganar ya no es una “ambición” sino “una aspiración legítima de los partidos democráticos; el problema es que desconocemos los verdaderos planes del magma populista y radical formado por Podemos e IU”. Poco le dura el arrepentimiento, que suena más bien a repliegue táctico para contraatacar: ya apareció el populismo, acompañado de un radicalismo que parece corresponder a IU. Cambie el lector populistas y radicales por la “extremistas y radicales” de Rajoy y ya tenemos la pinza del miedo manejada por la derecha rancia y por el periódico global. Sin comentarios.
   “Exasperados por la crisis económica y política, muchos votantes parecen querer abrir paso a una opción rupturista sin reparar en las enormes incertidumbres que penden sobre ella. Pablo Iglesias, que ahora se presenta como adalid de una nueva socialdemocracia, cuestiona día sí día no los fundamentos del sistema constitucional sin explicar lo que pretende instaurar en su lugar”. Parece que los ciudadanos hayan sido víctimas de una plaga bíblica, como si las reformas de Rodríguez Zapatero, los recortes del gobierno de Rajoy y las políticas suicidas de Bruselas, Merkel y el FMI no hubiesen provocado esa exasperación. Y las “incertidumbres” ¿no eran las del PSOE? La infamia alcanza el nivel crítico para convertirse directamente en mentira cuando afirma que PODEMOS cuestiona el orden constitucional, sin, de nuevo, explicar de qué está hablando. Quizá lo aclara un poco más adelante: “Tampoco sus propuestas respecto a Cataluña resultan tranquilizadoras, pues abrirían paso a un proceso de referendos de autodeterminación en toda España que inevitablemente acabaría en su disgregación”. ¡Caramba! No se anda con rodeos el adivino. Pronostica un proceso de referendos disolvente. Sabido es que el propósito de Pablo Iglesias es realizar una consulta a los ciudadanos de Cataluña y hacer campaña por la continuidad de su relación, quizá modificada, con el resto de España. Esto último nunca se resalta lo suficiente. Hasta el PSOE está contemplando la posibilidad de una relación diferente de Cataluña con el Estado. No dista la posición de EL PAÍS de la que debieron de tener los políticos de la derecha española cuando en 1932 se oponían vehementemente a la aprobación del primer Estatuto de Autonomía de Cataluña.
   Pero nos hemos saltado otra perla del editorial: “Las diferentes propuestas de programa económico que ha ido haciendo agravarían el estado de las finanzas públicas y provocarían un enfrentamiento frontal con las autoridades europeas en un momento en el que las instituciones europeas miran las finanzas españolas con mucha preocupación y escasa confianza”. Nuevamente la voz del profeta resuena como una amenaza incomprobable. Si las instituciones europeas miran con desconfianza nuestras finanzas es por culpa de un gobierno que ha aplicado torpemente las políticas económicas que las propias autoridades europeas saben ya que han sido un fracaso sin paliativos. En todo caso, la falta de escrúpulos del editorial, que sigue sin argumentar, alcanza niveles épicos.
   El último párrafo reparte diagnósticos y pronósticos a diestro y siniestro: “¿Y los demás partidos? La buena noticia para el PP, atrincherado en el conservadurismo y a la espera de recoger los frutos del ataque de Podemos contra el PSOE, se conforma con repetir los resultados, en la esperanza de que ahora sí gobernará. Y la pésima noticia para los socialistas, desdibujados y faltos de audacia, es que su suelo electoral puede ceder aún más si no reaccionan. Ciudadanos es una incógnita que probablemente solo resolverá el 26-J, aunque se ve a Albert Rivera sin el brillo de otros momentos. Esta es la situación a tres semanas de la cita con las urnas. No es tiempo de bajar los brazos ni de hacer campañas hipotensas, sino de señalar a los electores los riesgos que entraña la operación en marcha para deprimir al centroizquierda y hacerle frente con arrojo. Se quiere convencer a esa gran mayoría situada en las zonas ideológicas templadas de que no hay más alternativa que el PP o Podemos, cuando no es cierto. Esa impostura puede costarle muy cara a la sociedad española”.
   No se discute la táctica diseccionada del PP, ni el juicio sobre el PSOE ni sobre Ciudadanos. Pero no es admisible su idea de “operación en marcha para deprimir al centroizquierda”. La propuesta de Unidos Podemos es arrastrar al PSOE a una gran coalición de gobierno que recupere las políticas socialdemócratas. El PSOE no podrá hacer solo esa política si no sabe entender la urgencia de liquidar las políticas del PP. Y en esa tarea no puede dejar de contar con Unidos Podemos. Eso lo sabe Pedro Sánchez, pero tal vez sus barones prefieren su supervivencia política por encima de la viabilidad de un auténtico gobierno de cambio.
   La gran impostura a que se refiere el editorial no existe. La “gran mayoría situada en las zonas ideológicas templadas” está constituida por los potenciales votantes del PSOE y de Ciudadanos, pero su representación parlamentaria se reveló insuficiente para formar gobierno en la anterior breve legislatura. La voluntad popular manda, los resultados son votos y escaños, pero la política es otra cosa: es comprender lo que se está jugando en cada momento. Todos supimos que la política del último gobierno de Rodríguez Zapatero estaba condenada de antemano. El cambio llegó por agotamiento. Ahora el que está agotado es el proyecto del PP, que no tiene programa ni candidato viables; el momento del cambio es este. Y solo lo garantiza una gran coalición de las izquierdas.
   El subtítulo del editorial es “El centro izquierda retrocede ante la pinza del populismo y el catastrofismo”. El único catastrofismo es el del editorialista, que se apunta a la tesis del PP de que la opción de populistas y radicales no es opción. Como llamada a rebato de las filas socialistas está condenada al fracaso, porque el electorado español alcanzó en 2004 la madurez democrática cuando en marzo volteó un resultado aparentemente decidido a favor del PP. Las campañas del miedo y de la mentira suelen ser contraproducentes para todos los que las practican. EL PAÍS se apunta a ellas e intenta legítimamente influir en el electorado, pero esta forma zafia y burda de intentarlo no tiene precedentes en un medio que durante 40 años recién cumplidos se había ganado un sello de seriedad que con editoriales como este se diluye a pasos agigantados.


domingo, 27 de diciembre de 2015

La isla amable

Un paseo por la arquitectura románica de Cerdeña

sábado, 13 de diciembre de 2014

La persecución

   

   No hay duda de que PODEMOS está en el candelero. Una formación inexistente hace menos de un año se ha convertido en alternativa política real ante las próximas citas electorales españolas. Tras su éxito en las elecciones europeas, el partido de Pablo Iglesias afronta un reto de envergadura mayor. Sin embargo, parece que las previsiones son especialmente alentadoras. No obstante, PODEMOS tiene enemigos que intentarán aún obstaculizar su camino hacia el poder. ¿Cuáles son las causas de la inquina que está aplicando un considerable sector de la clase política, apoyado por medios de comunicación, contra la nueva formación? Probablemente solo hay una: miedo a una pérdida de control de las instituciones, de los accesos a las fuentes de poder del entramado político y administrativo en el que se mueven los partidos mayoritarios, esos que algunos llaman la minoría extractiva y otros, la casta. Este es un fenómeno que con la crisis ha quedado más en evidencia que nunca. Las familias políticas y castas regionales y locales entre las que se reclutan los cuadros intermedios del PP y del PSOE temen perder su influencia y su capacidad de manejo de los flujos económicos que han permitido su enriquecimiento personal, muchas veces, como ha empezado a destapar una parte de la prensa española, de forma ilegal e inmoral. Los partidos tradicionales se han convertido en una inmensa familia en la que todos pueden obtener beneficios a cuenta de las ganancias previsibles, bajo la mirada desatenta del patrono, es decir, el jefe regional, el secretario provincial, el muñidor de eventos, el cacique, el parlamentario, el jefe sindical o el propio presidente del partido, que han mirado frecuentemente hacia otro lado. La España finisecular del XX se antoja sospechosamente parecida a la del XIX: corrupción, compra de votos, venta de cargos, caciquismo, prebendas. Nunca se habrá alabado bastante la descripción de ese país que nos ha regalado Muñoz Molina en su apasionante Todo lo que era sólido, una lúcida crónica del pelotazo de las postrimerías, que solo la crisis ha sacado a la luz.
   PODEMOS va contra todo eso, he ahí la razón del temor. Si se tratase de una alternativa sin posibilidades no se habría diseñado la campaña que contra ellos se inició poco después de su sorprendente éxito en las elecciones europeas. De PODEMOS se critican muchas cosas, por cierto, con mal estilo y pésimo gusto, en la línea de descalificaciones soeces que ha mostrado en tres años de gobierno el PP y que no está lejana de la que han mostrado otros antiguos líderes del PSOE, incapaces de comprender el hecho de que la vieja política está en peligro de desaparición.
   Se dice que es un partido populista, extraña forma de echar basura sobre el enemigo. Populista, en el diccionario, significa perteneciente o relativo al pueblo, lejos del significado malicioso que le atribuyen. Populista se opone a la casta, a la minoría extractiva, a la élite monopolizadora del poder, así que es mejor ser populista que oligárquico.
   Se dice que PODEMOS no tiene programa, la más cínica de las acusaciones. Denles tiempo, señorías, lo están elaborando. Pero ¿acaso el programa es tan importante? ¿Acaso el PP, preludiado por el PSOE, no ha demostrado que el programa es una falacia costosa que se desinfla a la segunda oportunidad? El PP ha derribado la creencia democrática en los programas de los partidos; y no se sabe a la postre si es peor presentar un programa solo para ganar unas elecciones sin la menor intención de cumplirlo, o presentarlo creyendo en sus bondades y no defender ni una sola de sus premisas con el pretexto de que la crisis no lo permitía. Al final, el programa de gobierno del PP se ha mostrado de una irrelevancia supina. Nadie se acuerda ya de él, solo interesa tapar la gotera de los votos que se escapan a chorro.
   Se acusa a los rostros de PODEMOS de frecuentar las tertulias televisivas. Es una forma inteligente de saber qué piensan sus líderes. Ellos se explican, se defienden, argumentan, exponen. El presidente del gobierno, líder del partido más votado en las últimas generales, comparece en las televisiones públicas no más de dos veces al año. En Italia, que no es un país que pueda dar muchas lecciones de democracia, el presidente del consejo aparece semana sí y semana no en cadenas de televisión y en programas de debate político a defender con su desparpajo habitual sus posiciones. La cercanía de los jefes políticos se consigue en gran medida hablando en televisión, no con la jerga equívoca de los tuits ni en las conferencias de prensa sin preguntas.
   Se dice que son funcionarios universitarios que viven de sueldos del Estado. Otros líderes políticos eran inspectores de Hacienda o registradores de la propiedad. ¿No es deseable que sean las personas con una mejor preparación las que dirijan la política? Esta idea, de raigambre platónica y utópica, implica una compensación a una ciudadanía que se esfuerza por elevar el nivel cultural de sus componentes. El ideal de las democracias nacientes del siglo XVIII era precisamente que los mejores, en el sentido más noble del término, fuesen los guías de la sociedad.
   Además de un escrutinio constante de casi todo lo que hacen o dicen sus líderes, en busca perpetua de contradicciones lógicas e ideológicas, PODEMOS sufre una auténtica persecución mediática. Los periódicos de más tirada (El País, El Mundo) oscilan entre cierta admiración reverencial y un constante goteo de artículos de opinión de colaboradores habituales con el estoque afilado. Por si alcanzan el poder, no conviene que la inquina haya sido muy ostensible. Pero tienen, en general, una capacidad de análisis de la que carecen los enemigos políticos de PODEMOS, en particular PSOE y PP. PODEMOS supone un modelo aparentemente nuevo de hacer política. Es indudable que tendrá que someterse a las exigencias derivadas de una organización jerárquica, como es por definición un partido político, pero es más evidente que la opción de PODEMOS viene de la ilusión por la recuperación de la auténtica política, la que han mancillado con la corrupción los otros dirigentes de los otros partidos. Si la premisa democrática por excelencia es que el pueblo es soberano, la validación de PODEMOS vendrá de las urnas.

   PODEMOS es la constatación de que el sistema democrático, lejos de estar caduco como sostienen desde altas tribunas algunos intelectuales sobrevenidos, busca dentro de sí mismo una vía de regeneración. Si esta, en los albores del siglo XX español, se quedó en una patraña aparente, en el segundo decenio del XXI puede ser el camino hacia una democracia que recupere el verdadero sentido de protagonismo de los ciudadanos. Está claro que PODEMOS, si alcanza el poder, se acomodará a muchas de las prácticas políticas que hoy dice repudiar, pero el origen de la formación, una simbiosis perfecta de intelectuales capacitados y de situación de desastre nacional que requiere un cambio de rumbo de la política tal como la hemos vivido desde la Transición, resulta ya modélico. El ciudadano está tan harto de la corrupción y de la incapacidad de los gestores de la crisis que sabe muy bien a quién no debe votar en las próximas convocatorias. Eso forma parte del éxito de PODEMOS, pero no se le nieguen méritos. El manejo de las tecnologías de la información, la habilidad comunicativa, la organización interna, tan inútilmente criticada por sus opositores, son logros que serán copiados dentro de no mucho tiempo por otras formaciones. PODEMOS es el aldabonazo que necesita la política española en el momento más urgente, y su ejemplo, si bien no exportable, sí señala un camino para la regeneración de la democracia que antes o después deberá ser recorrido en todo el mundo.

domingo, 29 de diciembre de 2013

¿Por qué perdió Alemania la Gran Guerra?

   Los aniversarios constituyen una buena ocasión para ajustar cuentas, celebrar actos, promover acontecimientos culturales, a veces con un barniz propagandístico demasiado evidente; o, cuando se trata de hechos históricos de especial relevancia, actualizar los conocimientos y las visiones que la comunidad científica tiene sobre ellos, con el suculento aliciente de un negocio editorial causado por el alud de estudios y obras nuevas que buscan el beneplácito del público experto y del aficionado. El año 2014 es propicio: el centenario de la Primera Guerra Mundial ya concita sobre el mapa europeo un elenco de actividades, exposiciones y actos políticos inabarcable. No es para menos. Frente a la Segunda Guerra Mundial, más conocida para un público no especialista, en parte por el morbo añadido de la locura asesina del régimen nazi o por la enorme capacidad tecnológica puesta en juego en ella, la Gran Guerra aparece como un conflicto algo desdibujado, reducido en el imaginario colectivo a las alambradas, las trincheras y los largos capotes grises de los soldados de infantería. Por otro lado, pese a la complejidad de su correcta interpretación, del cúmulo de causas entrecruzadas, de la diversidad de las estrategias empleadas, de los efectos territoriales, de las consecuencias culturales, sociales y económicas, la tendencia a la simplificación que subyace en las síntesis divulgativas y en los manuales de historia contemporánea hace inevitable la conclusión, matizada, de la responsabilidad alemana. El maldito artículo 231 del tratado de Versalles  (Los gobiernos aliados y asociados declaran, y Alemania reconoce, que Alemania y sus aliados son responsables, por haberlos causado, de todos los daños y pérdidas infligidos a los gobiernos aliados y asociados y sus súbditos a con secuencia de la guerra que les fue impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados) parece establecerla sin sombra de duda. Todo el mundo sabe que ese tratado fue una imposición vengativa de los aliados, pero escrito quedó. Hay historiadores actuales que validan esa conclusión, como el inglés Max Hastings, quien en su reciente 1914, el año de la catástrofe viene a afirmar que “se puede discutir si fue la responsable del estallido, pero no el hecho de que si había una potencia que podía haber detenido el mecanismo que llevó a la guerra era Alemania”. Y concluye: “Es difícil hoy persuadir a la gente de que detener a los alemanes en la Gran Guerra fue una causa que mereció la pena, predomina la idea […] de que fue una carnicería absurda, pero basta con pensar en cómo habría sido Europa de vencer las potencias centrales. Muchos critican la paz de Versalles porque, dicen, fue cruel con los alemanes, no imaginan el tipo de paz que hubiera impuesto Alemania. La libertad, la justicia y la democracia europeas habrían salido muy perjudicadas” (EL PAÍS, 16 de diciembre de 2013).
   En una línea similar se expresa el periodista y escritor alemán Sebastian Haffner (1907-1999) en una obra publicada en 1964, justo cincuenta años después del inicio del conflicto. Haffner, que tiene media docena de publicaciones sobre el período 1914-1939 en Alemania, es un escritor de prestigio y reconocimiento creciente desde que saliera a la luz en 2000 Geschichte eines Deutschen. Die Erinnerungen 1914-1933 (Historia de un alemán. Memorias 1914-1933). Su oposición al régimen nazi lo llevó al exilio en Londres. De regreso a Alemania en 1954 trabajó como periodista. En España todas sus obras se han editado entre 2003 y 2007. Su estilo es preciso, incisivo y didáctico. Sus obras no son resultado de sesudos trabajos de investigación histórica, sino brillantes reportajes periodísticos que ponen el acento en las claves de un período o de una sucesión de hechos políticos determinantes. Otra característica de sus libros es la crítica, a veces feroz, que le merecen los actos y las decisiones políticas de los gobernantes alemanes, desde el káiser Guillermo II al propio Hitler, así como los juicios poco amables que expresa sobre sus compatriotas: “En lugar de cuestionarse por qué se embarcaron en la guerra y luego la perdieron, se han convencido una y otra vez de que ellos no fueron culpables y de que, en realidad, la habían ganado”.
En Los siete pecados capitales del Imperio alemán en la primera guerra mundial Haffner enumera y disecciona de forma convincente los errores que llevaron a Alemania a perder esa guerra. 
Primer error: el alejamiento de Bismarck. Haffner señala la cesura que se produce en la política exterior alemana tras la dimisión de Bismarck (1890) y sobre todo desde 1897. La idea que los historiadores de ese período han señalado como fundamental, a saber, que el autor de la unificación se daba por satisfecho con los logros territoriales de 1871 (“Somos uno de los estados satisfechos, no tenemos necesidades que pudiésemos cubrir con el sable”), se desvanece al final del siglo XIX. Haffner señala los focos de tensión conocidos, en especial los Balcanes, mas subraya al mismo tiempo la capacidad de la diplomacia europea para solucionar cada crisis. Pero la política de paz de Bismarck y del Imperio alemán desde 1871 se convierte en una política de guerra en época del káiser Guillermo II. La Weltpolitik, las ideas de “misión alemana”, de búsqueda de “un lugar bajo el sol”, el interés de hacer sombra a la hegemonía marítima inglesa, todo contribuyó a una política de hostilidad. El rechazo alemán a la oferta británica de alianza y el cálculo erróneo de las posibilidades de una alianza entre Francia, Rusia e Inglaterra dio lugar en 1907 a una situación diplomática que el propio Imperio alemán se había buscado. Junto a esos factores obraba el irracional deseo de imitar la política colonial británica y el afán por ser una potencia hegemónica mundial.
Segundo error: el plan Schlieffen. Haffner señala, contra lo que parece asentado en los libros de historia, que el atentado de Sarajevo no provocó la guerra. Ni el gobierno serbio lo preparó ni Austria creía en su culpabilidad. De hecho los austríacos quedaron horrorizados y fueron incapaces de tomar la decisión de atacar a Serbia. Esa decisión se tomó en Potsdam. Si la guerra aparecía como inevitable para los alemanes, la ocasión de Sarajevo permitía romper en los Balcanes la alianza entre Francia y Rusia, por un lado, e Inglaterra, por otro. Al tratarse de un conflicto entre Austria y Rusia en esa zona de Europa tan alejada de los intereses británicos, los alemanes calcularon que Inglaterra no sacrificaría su reciente distensión con Alemania. Haffner insiste en que no se trató de una “política insensata ni alocada ni tampoco criminal”. Los cálculos alemanes estaban en lo cierto: los ingleses no irían a la guerra por Serbia, ni por Rusia, ni, pese a la existencia de un pequeño sector belicista entre su clase política, por Francia. La neutralidad inglesa, al menos al principio de la guerra, estaba garantizada y los franceses se sintieron abandonados. Sin embargo, el error alemán fue invadir Bélgica. Al ultimátum británico del 3 de agosto siguió la declaración de guerra a Alemania del día 4. El error tiene un nombre: el plan Schlieffen, que preveía una estrategia de guerra en dos frentes: oriental y occidental. La rapidez de la derrota francesa dependía de la violación de la neutralidad belga. Los militares se imponían a los políticos por primera vez durante los cuatro años que iba a durar la guerra. La política alemana hasta julio de 1914 estaba basada en la preservación de la neutralidad británica; el plan Schlieffen metía a Inglaterra en la guerra, tanto si funcionaba como si no. De una guerra en un solo frente o con posibilidad de resistir un eventual ataque francés Alemania pasó a un escenario de guerra mundial contra tres grandes potencias.
Tercer error: la huida de la realidad. En otoño de 1915, fracasado el plan Schlieffen y contenidos los rusos en el frente oriental, la posición de Alemania no permitía asegurarle una victoria en la guerra, más bien a largo plazo su capacidad armamentística y su resistencia solo le podían otorgar una paz sin vencedores ni vencidos, dada la situación de empate en el campo de batalla. En 1916 no había expectativa alguna de victoria militar, de modo que Alemania solo podía aspirar a posponer la amenaza de la derrota pactando una paz que no alterase apenas la situación de las fronteras anteriores a 1914. Pero para los deseos y los objetivos alemanes esa paz equivalía a una derrota. La huida de la realidad que señala Haffner les hizo especular sobre el futuro de Bélgica y de Polonia dentro del Imperio alemán. Ningún interés tenían esos países para Alemania, indica Haffner, excepto el pretexto irracional de no retirarse de vacío de la guerra. 
Cuarto error: la guerra submarina sin cuartel. El plan Schlieffen pretendía sacar a Francia de la guerra y metió a Inglaterra; la guerra submarina sin cuartel pretendía sacar a Inglaterra y metió a Estados Unidos. El presidente Wilson ya había advertido a Alemania de esa posibilidad, de modo que, según Haffner, se repitió el mismo error de lógica: aceptar un daño seguro a cambio de un éxito especulativo. La apuesta era arriesgada: los submarinos eran un arma nueva a la que se le exigía la necesidad de ganar una guerra, sin embargo eran vulnerables. Así que el 1 de febrero de 1917 se decidió que no salieran a la superficie para disparar los torpedos. El hundimiento indiscriminado de buques de guerra, cargueros, aliados y neutrales significaba la guerra contra Estados Unidos, que no estaba dispuesto a que sus marineros se ahogasen en una guerra ajena. El cálculo estratégico del mando de la Marina no era descabellado: hundir 600.000 toneladas al mes, lo que supondría la petición de paz de Inglaterra y del resto de los aliados. Pero eso tenía que ocurrir antes de la llegada de los soldados norteamericanos a Europa. La opinión pública y la mayor parte de los políticos eran favorables a la idea de una derrota del enemigo en seis meses y con un número escaso de bajas propias. Durante tres meses los cálculos funcionaron, pero el empleo de los convoyes por parte de Inglaterra hizo que las cuentas se desmoronaran. El agrupamiento de los mercantes protegidos por barcos de guerra británicos dificultó enormemente la localización de los objetivos enemigos por parte de los submarinos. En enero de 1918 ya se construían más barcos de los que se hundían. La derrota se hizo inevitable, pero nadie dio una explicación sobre la entusiasta aceptación infantil de la guerra submarina. Hasta 1916 la paz habría sido benévola con Alemania, pero el discurso del presidente Wilson ante el Congreso de su país atacaba el régimen alemán por antidemocrático: la voluntad de castigo presagiaba que Alemania no podía esperar salir indemne de la guerra.
Quinto error: la bolchevización de Rusia. Con este objetivo Alemania pretendía la liquidación del frente oriental, el descalabro de Rusia y su anulación por mucho tiempo. Haffner afirma que el conservador Imperio alemán decidió ayudar a todas las fuerzas revolucionarias que podían causar daño a sus grandes enemigos europeos. En ese contexto se desarrolla la iniciativa alemana de facilitar el paso por su territorio de Lenin en su célebre viaje entre Suiza y Rusia; y la financiación por Alemania de las actividades del partido bolchevique durante el verano de 1917, entre ellas el equipamiento de armas para la Guardia Roja, la puesta en marcha de Pravda y el aumento de la afiliación. Haffner calcula en 26 millones de marcos esa ayuda. La probable contrapartida era la consumación de una revolución que solicitase la paz con Alemania. Tras el triunfo de los bolcheviques y la firma de la paz de Brest-Litovsk Alemania se había asegurado el hundimiento del frente oriental y la última oportunidad de intentar ganar la guerra concentrando todos sus efectivos en el frente occidental. Sin embargo, no lo hizo así.
Sexto error: la última oportunidad desaprovechada. Haffner argumenta que esa oportunidad se dio en la primavera de 1918. No obstante, los alemanes no dirigieron todas sus tropas del frente oriental liberadas tras Brest-Litovsk hacia el frente occidental, pese a que era la única posibilidad de forzar el curso del conflicto antes de la llegada de los soldados estadounidenses. No lo hicieron porque Alemania ambicionaba la creación de un imperio oriental. Por ese motivo mantuvieron en el este tropas que ocuparon Finlandia, Estonia, Ucrania, Crimea y otros territorios hasta el Cáucaso. Las 50 divisiones que faltaron en el frente occidental estaban entretenidas conquistando ese fantasioso imperio para Alemania. Una vez perdida esa oportunidad ya no hubo más. Desde abril comenzaron a llegar 250.000 soldados de Estados Unidos por mes. Los alemanes, que a principios de mayo tenían tres millones de soldados en el frente occidental y uno en el oriental, estaban extenuados tras casi cuatro años de guerra. Sin posibilidad de que sus soldados fuesen sustituidos, calculaban poder resistir un año más, tal vez año y medio. Pero aún cometieron un último error.
Séptimo error: la verdadera “puñalada por la espalda”. En junio de 1918 resulta evidente que las ofensivas desesperadas de Alemania por expulsar a los ingleses y forzar la rendición francesa habían fracasado. Pero cabía aún la posibilidad de una paz negociada que pasaba por la retirada de Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Esa retirada se podría haber explicado al pueblo alemán para justificar la defensa del territorio propio, pero aquí actuó de nuevo, según explica Sebastian Haffner, la incapacidad de los dirigentes de reconocer la realidad y asumir el fracaso de los planes. A partir de julio las ofensivas de verano se saldaron con derrotas militares y retiradas forzosas del frente occidental, lo que constituyó un desperdicio irresponsable de tiempo y de fuerzas. En 1918 los alemanes habían perdido un millón y medio de hombres. Por último, Ludendorff, que se había negado en todo momento a cualquier iniciativa diplomática, solicitó el 29 de septiembre sin previo aviso una mediación al presidente Wilson para lograr un alto el fuego, lo que revelaba a sus enemigos la verdadera situación militar del país, además de suponer que Alemania aceptaba el programa de los 14 puntos del presidente de Estados Unidos formulado en enero. Era la consumación de la derrota. Los posteriores disturbios de noviembre fueron su consecuencia, no su causa. Se constituyó un gobierno que, mientras desaparecían el emperador, los príncipes, el nuevo canciller y los ministros del gobierno anterior, debió asumir la derrota y la capitulación, cuando a los partidos políticos que lo integraban no se les había permitido asumir ninguna responsabilidad durante la guerra.
Los huidos de noviembre reaparecieron un año más tarde para acusar al gobierno y al SPD en particular de la “puñalada por la espalda”. La verdadera puñalada por la espalda fue que los culpables rehuyeran su responsabilidad, dividieran al pueblo alemán y lo volvieran contra sí mismo. 
Haffner escribe un epílogo en el que recapitula y sintetiza todos los errores y en el que afirma, a modo de conjuro explicativo: “Lo que sí poseen [los alemanes] en exclusiva es esa ingenuidad que los lleva a exculparse y a reclamar ante un mundo al fin y al cabo vencedor y al que han desafiado y maltratado gravemente el derecho a que sus propios actos no tengan en absoluto consecuencias”. Y “…el hecho de que, más adelante, una vez iniciada la conquista, los alemanes se considerasen víctimas inocentes y repentinas de un asalto presupone un alto grado de dispersión mental y falta de atención o bien una insólita capacidad de autoengaño”.
En el epílogo de la reedición de 1981 Haffner critica “la actitud de un pueblo insatisfecho y avaricioso que no tenía suficiente con lo que ya poseía, que inquietó al resto del mundo y se marcó objetivos solo alcanzables por la vía bélica”.