El día 16 de febrero, en la librería Antígona, fue presentado el poemario Lugares de interés. Desde aquí doy las gracias a todas las personas que han hecho posible esa publicación. Queden estas fotos para el recuerdo.
martes, 27 de febrero de 2018
lunes, 5 de febrero de 2018
Lugares de interés
Sobre
los viajes
“La poesía del viaje no reside en
descansar de la monotonía de la vida doméstica, del trabajo y las
preocupaciones, ni tampoco de la azarosa convivencia con otras gentes o en la
contemplación de otras imágenes. Tampoco reside en la posibilidad de satisfacer
una curiosidad. La poesía del viaje reside en la experiencia vital, es decir,
en el enriquecimiento, en la incorporación orgánica de lo recién adquirido, en
el incremento de nuestra comprensión por la unidad en la diversidad, por el gran
tejido del mundo y de la humanidad, en el reencuentro de unas verdades y unas
leyes antiguas bajo unas condiciones nuevas.”
(…)
“El
que no necesita ahorrar tiempo y dinero y siente el placer de viajar, debería
tener la necesidad imperiosa de hacerse suyos, pedazo a pedazo, aquellos países
en los que se adivina algo codiciable para sus ojos y su corazón, y conquistar
un fragmento de mundo con un aprendizaje y un goce lentos, echar raíces en
muchos países y coleccionar, del este y el oeste, piedras para el hermoso
edificio de una amplia comprensión hacia la tierra y sus formas de vida.”
Herman Hesse, El arte del ocio.
Sirvan estos
fragmentos para asentar una justificación no solicitada de esta entrada con dos
poemas del libro recién publicado por STI Ediciones Lugares de interés. En él se entrecruzan percepciones y evocaciones
de dos viajes realizados por el autor entre marzo y abril de 2017, el primero
al norte de Italia y el segundo a Grecia.
El poemario
se completa con el prólogo de Julio García Caparrós y las ilustraciones del interior
y de las cubiertas realizadas por Josep Mateu Profitós.
Se
reproducen a continuación dos poemas.
PLAZA SAN
MARCOS
Alas de papel disputan
en un cielo pintado
círculos secretos.
Trazan los pináculos
las ondas del insomnio.
Un reloj
atrasa las horas
sobre la almohada
y me absorbo
en otros delirios.
CARIÁTIDES
¡Cómo definir la mirada!
Se perdió la sonrisa de bronce
y el reino de Fidias.
Se ganó la palabra inquieta
y la gravedad de un dios nuevo.
Ojos de mármol escrutando
el futuro sin ahora,
nostalgia de hoplitas y teoremas.
jueves, 10 de agosto de 2017
La lucha por la desiguald
El historiador y editor Gonzalo Pontón publicó en septiembre de 2016 un amplio volumen titulado La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII. El libro, prologado por Josep Fontana, responde con exactitud enciclopédica al título enunciado. Y su tesis, defendida en sus páginas con rigor y vehemencia, es que el siglo XVIII supuso en la historia europea el momento crucial de aceleración de la desigualdad que hoy resulta característica del capitalismo de crisis en el que nos movemos. Enlaza con la idea clave de Pikety de que la desigualdad tiene una historia tan larga como el propio sistema capitalista, con momentos de reducción y otros de desarrollo. Para Gonzalo Pontón el siglo XVIII representa el inicio de esa expansión de la desigualdad de las clases sociales. Y se apresta a demostrarlo con una aportación apabullante de datos y cierta entrega iconoclasta que no rehúye polémicas con otros historiadores.
Para empezar, desmiente los
propios conceptos de “revolución agrícola” y de “revolución industrial”. En el
primer caso, afirma que los campesinos se vieron sistemáticamente expulsados de
la tierra, en Francia por el feudalismo tardío, y en Gran Bretaña por el
capitalismo incipiente de los cercamientos y el uso de utillaje moderno. En
cuanto a la revolución industrial inglesa, sugiere que fue paulatina, sin
despegue, contra las convenciones académicas aún predominantes. Resalta la
intervención decisiva del estado británico a través de regulaciones y de
aranceles, los más altos de Europa entonces. La industria británica se
benefició de una enorme demanda de productos manufacturados, lo que llevó a sus
fabricantes a optar por un modelo de economía de oferta que supuso la opción
más depredadora para la especie humana, en un momento en el que el hambre y las
grandes epidemias habían sido erradicadas. En suma, fue el comienzo de la
explotación.
Pontón dedica un amplio apartado
a dibujar los rasgos esenciales de esa explotación: mano de obra de mujeres y
niños y salarios miserables. Buena parte de los inventos técnicos de la época
se hicieron pensando en la mano de obra de los niños, que, junto con sus madres
y hermanas, mantuvieron la vida de los pobres de Gran Bretaña. Algo parecido
sucedió en España y Francia. De modo que la “fiebre consumista” fue
protagonizada por las clases medias, que vieron crecer su poder adquisitivo
mientras en Europa el número de pobres alcanzaba los cien millones.
El autor evidencia, en un ámbito
más puramente político, que Inglaterra ganó casi todas las guerras del siglo
XVIII gracias a la combinación de préstamos baratos e impuestos elevados y con
el concurso de una tropa reclutada entre pobres, deudores, vagos y maleantes.
Por supuesto, hubo protestas y motines contra ese criterio de recluta y contra
los ricos. Protestas que, por razones diferentes, se venían dando también en
Francia. La “grande peur” había empezado en realidad, sostiene Pontón, en el
invierno de 1788, que fue el más frío del siglo; y se recrudeció en el corazón
de Francia a partir de marzo de 1789. Por cierto que en ese mismo contexto
contestatario sitúa el motín de Esquilache en España, protagonizado por
comerciantes, trabajadores, artesanos, albañiles y criados. La represión
posterior, decretada por el conde Aranda, supuso la detención de más de seis
mil personas.
Gonzalo Pontón aborda con
profusión los aspectos culturales de la Ilustración. Ninguna empresa de
educación sistemática de los niños fue puesta en práctica por los gobernantes
europeos, con la excepción quizá de Prusia y el imperio de Austria. En
Inglaterra no hubo enseñanza elemental obligatoria hasta la Ley de Educación
Elemental de ¡1870!
En cuanto a los más puramente
ideológicos, su conclusión es rotunda: los filósofos ilustrados eran
mayoritariamente aristócratas reaccionarios, adscritos al lado de la burguesía
y contra las clases populares, a las que despreciaban. Consideraban peligrosa
la igualdad política y social, aunque no la natural. Solo salva a Spinoza, como
precursor, a Pierre Bayle y al barón d’Holbach.
En cuanto a los monarcas de
Europa, niega el apelativo de ilustrados a todos ellos, sin excepción. Es
especialmente crítico con Carlos III, lo que puede provocar más de un
sarpullido entre algunos historiadores españoles del siglo XVIII, dada la
oficial tendencia a considerarlo el más preclaro ejemplar de la dinastía
reinante, después del actual, por supuesto.
De los ilustrados y políticos
españoles apenas exonera a Jovellanos, Antonio Campmany y algunas cosas de las
que emprendió Olavide. Despacha con dureza al marqués de la Ensenada, a
Campomanes, a Floridablanca, al padre Feijoo y a Cadalso. Pero no es menos severo con Voltaire,
Montesquieu o, sobre todo, Rousseau.
En su introducción Gonzalo Pontón
anticipa las conclusiones a las que después llega. La burguesía se impuso en la
segunda mitad del siglo a los estamentos feudales y transformó su potencial
económico en potencial político. Pero esa misma burguesía emprendió a
continuación una lucha por la desigualdad más duradera y más triunfal: “la que
la enfrentó a las clases subalternas de las que se había escindido y que habían
de ser, ahora, sus vasallos como antes lo habían sido de los señores feudales,
pero con un cambio fundamental en los modos, en las formas y en el lenguaje:
ahora los comunes serían libres para contratar su fuerza de trabajo con la
nueva clase dirigente. Se iniciaba así un nuevo avatar del capitalismo, ahora
como sistema social y forma de vida que excluía toda alternativa”.
miércoles, 19 de julio de 2017
Tertulianos tóxicos
Los
programas de tertulia televisiva sobre temas políticos de actualidad están de
moda. A diario, con una alternancia precisa, aparecen en la pantalla los mismos
periodistas, portavoces parlamentarios, politólogos y expertos varios sobre las
diversas ramas de las ciencias y los escándalos políticos.
El
televidente se arma de paciencia sin poder reprimir al mismo tiempo un morbo
inevitable por la esperada gran noticia de la corrupción, que nunca llega
porque todas son grandes, aunque cada vez nos lo parezcan menos a fuerza de
costumbre. Y ahí están los técnicos de la información y de la intoxicación para
comentarlas. Pero el debate acaba convirtiéndose en una escaramuza de buenos y
malos, según el pelaje ideológico de cada tertuliano. De modo que es muy
difícil averiguar casi nada que no se sepa de antemano. A veces la discusión
alcanza el nivel calificable de bronca, con el consiguiente enfado de al menos dos de los tertulianos y el regocijo de una buena parte del público.
Hay
un programa en el que se olisquea la sangre constantemente, con tertulianos
casi fijos: La Sexta noche. Hay que
reconocer el buen oficio del presentador, Iñaki López, que sabe manejar con
exquisitez y temple los momentos de mayor tensión. Pero a veces la cosa llega a
mayores y resulta casi imposible sujetar a las fieras.
El
sábado 15 de julio, una fecha oportuna como pocas, la disputa entre el ubicuo
director de La Razón, Francisco
Marhuenda, y Jesús Maraña, director de infoLibre, a propósito de la noticia
generada porque el ayuntamiento de Guadalajara quería cobrar los gastos del
funeral de un fusilado exhumado de la Guerra Civil en aplicación de la llamada
Ley de Memoria Histórica, subió de tono. Pronto sucedió lo inevitable: el tema
se desvió a los orígenes y causas de la propia contienda.
El
inefable Marhuenda mostró lo que con cierta frecuencia le cuesta ocultar, quizá
porque no lo intenta. Pronto sacó el argumento de que la República ya había
hecho un golpe de estado en 1934, en Asturias y en Barcelona. Lo manejó sin
rubor como descargo del que dieron los militares en julio de 1936. También tuvo
tiempo de mencionar que las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude,
pues estaban manipuladas. El nuevo revisionismo histórico, establecido que el
franquismo es indefendible, tiende a remontarse a lo que considera sus
antecedentes para continuar el desprestigio de la etapa republicana. Cuando
Jesús Maraña intentó argumentar que los historiadores dan por sentado que el
golpe de estado supuso el inicio y la causa inmediata de la Guerra Civil, el conspicuo
director de La Razón se quitó la
media careta que aún lleva y le replicó que esos historiadores eran “unos
chorras”. De nuevo repitió los exabruptos, envalentonado cual júligan con
varias pintas en el cuerpo. Afortunadamente, la admirable bonhomía de Jesús
Maraña evitó que la bronca fuese a más. También terció el presentador, con una
cambiada larga y pase prudente a otro tema.
Probablemente
los historiadores a los que aludió Marhuenda con ese calificativo tan poco
elegante no estaban ante el televisor la noche de marras viendo el programa. No
sabemos cómo les habría sentado ese comentario de quien presume una semana sí y
otra también de varias licenciaturas y doctorados, de ser profesor en la
universidad, de ex director de gabinete del presidente del gobierno y de no sé
cuántas cosas más. Pero a quienes nos hemos dedicado con suma modestia a
explicar la historia de este país a miles de alumnos durante años las
afirmaciones de Francisco Marhuenda nos repugnan profundamente.
No
se discute que, en efecto, elementos de la oposición política y social a los
gobiernos de derechas intentaron un golpe de estado en Asturias; ni que la
Generalitat llegase a darlo en octubre de ese mismo año. Tampoco que hubiese
conventos e iglesias que ardieron en Madrid en mayo de 1931, pero no fue la
República la que los hizo arder. Hay una profunda raíz de descontento
anticlerical en algunos de los movimientos de protesta social de la Europa
contemporánea: la Semana Trágica de Barcelona de 1909 es el más célebre, pero
la quema de iglesias no es un fenómeno nuevo en la historia del continente
(véanse los motines de Gordon de Londres en 1780). Son hechos que la historia
debe asumir, explicar e interpretar. Ahora no se queman iglesias, se organizan
15-M.
Pero
el punto más humillante de los desatinos de Marhuenda es que da cobertura moral
al golpe de los militares de julio y atribuye de paso a la República la
principal responsabilidad de la guerra que vino después. A nuestros alumnos les
enseñamos que la guerra fue provocada por un golpe de estado que destruyó la
legalidad de un régimen democrático salido de las urnas; y que de resultas de
la guerra se estableció en España un régimen fascista que reprimió a los
vencidos durante al menos los doce años siguientes al final de la contienda.
Flaco favor hace el tertuliano a quienes procuramos ser objetivos y educar a
los jóvenes de este país en lo más cercano a la verdad histórica. No sé qué
pensarán de las palabras de Francisco Marhuenda los Julián Casanova, Gabriel
Jackson, Santos Julià, Enrique Moradiellos o Paul Preston, pero me lo puedo
imaginar. Por
desgracia ellos no aparecen tanto en televisión.
viernes, 26 de mayo de 2017
LSD
Droga
pura y dura. El proceso de primarias del PSOE ha dejado resaca. López, Sánchez y Díaz nos
han hecho alucinar durante unas semanas de ¿campaña? electoral sin precedentes
en la historia reciente de la democracia española.
El
primero apeló siempre a la unidad, intentando en apariencia mediar entre dos
facciones irreconciliables, en fin, queriendo ser aguja de coser un roto,
rebelde a fuer de desgastado el tejido. El segundo ganó por deméritos de los
rivales y hastío de muchos militantes hacia la corrupción del PP. La tercera
perdió por una mezcla de torpeza (mal cálculo de sus poderes) y de soberbia (no
hubo programa ni campaña propiamente, excepto la reiteración del vamos a ganar
al PP).
Pedro
Sánchez fue descartado prematuramente cuando la cuartelada del 1 de octubre lo
descabalgó de su montura. Un golpe tan zafio, propio de la España decimonónica,
no podía ser perdonado por los espíritus ecuánimes. Cierto que la entrevista
con Jordi Évole en Salvados le
granjeó más enemistades (en realidad eran las mismas que ya tenía, solo que
ahora fueron declaradas), de modo que más de uno certificó su entierro político
(ya había sido ejecutado por la “ejecutiva”). Sin embargo, obró con audacia
juliana y, tras dejar el acta de diputado, empezó a sopesar las posibilidades
que le ofrecía el proceso de las primarias.
La
audacia fue sustituida por astucia. Primero calibró la traición de sus
allegados: aprendió una dura lección política en sus carnes por las defecciones
de Luena y Hernando. Después comprobó la mala fe de la gestora al dilatar todo
el procedimiento con la esperanza de que se disolviera el tufo de la asonada.
Por último, corroboró la sospecha de la mala planificación de Susana Díaz, que
hizo una campaña sin principio ni fin, llena de frases huecas, y tardíamente
anunciada. López nunca fue rival, sino el contrapunto ético que resaltaba la banalidad
de las propuestas de Díaz. Al menos, Pedro Sánchez entonaba de nuevo el mantra
del “no es no” y la versión revertida de “sí es sí”, con la diferencia de que
ambas cobran más sentido cuando ya es evidente que el partido del gobierno se
mantiene indignamente sobre un flotador relleno de corrupción.
Los
análisis habituales de que las bases saben lo que quieren y están alejadas de
las élites son básicamente ciertos. Susana Díaz nadaba contra la corriente y no
supo leer la historia reciente de su propio partido: Borrell, Zapatero, el
propio Sánchez… Su rostro en la foto de la noche electoral delataba algo más
que decepción.
Ahora
se abre un futuro incierto. Los barones del PSOE han quedado tan desairados
como la propia candidata apoyada por ellos. Cuando acusaban a Sánchez de haber
hecho daño al partido emplearon una saña impropia, pero sobre todo innecesaria.
Nunca reconocerán que ellos han hecho más daño que el propio “secretario
general electo”.
Hará
bien Sánchez en no fiarse de ellos. Si fueron capaces de una alcaldada como la
del 1 de octubre, son capaces de poner todos los palos en las ruedas del nuevo
secretario. Pero hay que darles un margen de confianza, no debería verlos
Sánchez como enemigos.
Más
claros tiene otros. Los de siempre. El editorial de EL PAÍS del 22 de mayo se volvía a despachar a gusto: El “Brexit”
del PSOE. La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.
Más
allá de la poco afortunada y oportunista comparación con la salida del Reino
Unido de la UE, el segundo titular supone ya una declaración de guerra. ¿Por
qué profundiza la crisis la victoria de Sánchez? Intenta explicarlo el
editorialista, pero es poco creíble, se tira a la yugular con un odio atávico
difícil de entender, excepto por un contagio de los métodos y estilos de la
caverna mediática de la derecha más rancia.
Comienza
acusando a Sánchez de las derrotas electorales (¿olvida a Alfredo Pérez?), las
divisiones internas y los vaivenes ideológicos. Las divisiones internas no las
produjo él, uno no se divide solo, lo dividen. Los vaivenes se los impuso la
baronía cuando el 28 de diciembre de 2015 le prohibió pactar con nacionalistas/independentistas.
Después
comete un error de bulto equiparando el Brexit con el reférendum colombiano y
la victoria de Trump. Pero da por hecho que los tres acontecimientos son el
resultado de prácticas torticeras de los diseñadores de las campañas
electorales, como si de nuevo los votantes no supiesen votar.
Sin
embargo, la línea profunda del razonamiento es más increíble: Sánchez no pudo
gobernar ni puede hacerlo, lo cual, según el editorialista, lo inhabilita para
ser secretario general. Parece deducirse el silogismo de que solo quien esté en
condiciones objetivas de gobernar está legitimado para saltar a la palestra de
la política española. Sin embargo, Susana Díaz habría estado en las mismas
condiciones que su rival, fuera del Parlamento y sin posibilidades hasta las
próximas generales, independientemente de que ella no hubiese hecho “giros
ideológicos”.
Justo
por hacerlos tiene Sánchez más posibilidades que Susana Díaz. El editorial
termina con una especie de maldición profética e insiste en la profundización
de una gravísima crisis interna con Pedro Sánchez al frente. No parece darse
cuenta de que la victoria de Sánchez refleja el triunfo de unas ideas que están
pidiendo la modernización del partido. En vez de mirar al legado de un pasado
no tan ejemplar, las bases están señalando a todo el partido, no a Pedro
Sánchez, el camino del futuro. Y de una forma irreprochablementedemocrática.
De la que carece, por cierto, el dedo del señor Rajoy.
EL PAÍS no parece entender que
el grado de hastío de la ciudadanía hacia la corrupción del partido gobernante
se incrementa. Con la excepción del gobierno de Felipe González, ningún otro ha
presidido España durante más de ocho años. Cuando termine ese ciclo, si hay
cierto mantenimiento de la leve recuperación, el PP perderá las elecciones,
habrá dejado de ser el instrumento tal vez necesario, tal vez útil para salir
del hoyo; y, por lo tanto, será prescindible. La socialdemocracia se maneja
mejor en la abundancia que en la escasez, a diferencia de la derecha, que solo
sabe gestionar injusticia, desigualdad y recortes. El populismo es también de
derechas y puede llegar a ser muy reaccionario. Es populista exigir
responsabilidad por sistema a los partidos de la oposición con el o estás
conmigo o estás contra mí, como si no hubiese otras vías. Es populista
descalificar al adversario sistemáticamente, es populista negar las evidencias
de los recortes, la corrupción y los intentos por taparla para que no aflore. Y
es groseramente populista y maleducado, al estilo del más adusto Maduro, que el
señor Rajoy no haya felicitado al nuevo secretario general del PSOE.
miércoles, 8 de junio de 2016
Anatomía (patológica) de un editorial
El editorial de EL PAÍS del
día 5 de junio titulado Una gran
impostura constituye una muestra más de los ataques a los que, por
desgracia, nos ha ido acostumbrando ese periódico desde la irrupción de nuevas fuerzas
en el panorama político español. Vayamos por partes.
En su primer párrafo se afirma lo siguiente:
“A medida que se acercan las elecciones del 26 de junio,
la coalición Unidos Podemos deja más clara su ambición de rebasar al PSOE,
colocarse como única alternativa al PP y auparse al poder”. Nada que objetar a
ese enunciado, esa ambición, término nada engañoso para el diccionario de la
RAE, ha sido expresada, incluso dada por conseguida públicamente por los
representantes de PODEMOS, más que por los de IU, que andan apenas asimilando
su nueva situación en el tablero de la partida que está por jugar. Por otra
parte, la “ambición” de “auparse al poder” es la de todos los partidos
políticos en liza, ¿o acaso concurren a unas elecciones con otro objetivo que
no sea el de ganar? Pero esta introducción es de tanteo, el editorialista
continúa destilando nada veladas acusaciones: “Hasta el punto de que ya
convence a un elector de cada cuatro, según el sondeo de Metroscopia que
publica hoy EL PAÍS, un sondeo alarmante aunque sea una instantánea de la
realidad actual y no una predicción del resultado electoral”. Nada más
alarmante que el propio adjetivo, comienza la escenificación del miedo al 26-J,
que tan insidiosamente practica EL PAÍS desde hace ya más de dos años. La
pregunta sería ¿por qué “alarmante”? ¿Para quién? No se discute la línea
editorial de cada medio de comunicación ni la opción política que considere más
adecuada, pero el uso de adjetivos alarmistas, y este lo es más que otros,
recuerda demasiado las viejas y nuevas campañas del miedo que el propio
periódico acostumbraba denunciar en otros momentos históricos con tanto fervor.
Sigamos, no tiene desperdicio: “Frente a las
dudas y debilidades de los socialistas y el descaro del PP de presentarse como
el valladar contra el extremismo, la encuesta muestra la movilización de un
electorado seducido por un pacto entre Podemos e IU tan artificial como
oportunista y plagado de incertidumbres programáticas”. La habitual andanada
contra el PP y los nubarrones sobre Pedro Sánchez se complementan con una
pócima digna del más rancio vocabulario de la prensa franquista. La seducción
como arma ideológica propia de la guerra fría aparece aquí en tono admonitorio:
¡Cuidado, electores! Sois bobos si os dejáis seducir por la verborrea
comunista. ¡Atentos a los cantos de sirena, ataos a los mástiles de la nave
para no caer víctimas de Caribdis (Unidos Podemos), que de Escila (PP) ya nos
encargamos nosotros! En el mismo párrafo califica de “artificial” y
“oportunista” el pacto de IU y PODEMOS sin aportar justificación alguna. Esa es
una grave carencia de un medio que se considera paradigma de prensa
equilibrada. El pacto no es artificial ni oportunista: independientemente del
rédito de votos, esa alianza fue ya intentada con ocasión del 20-D y no se
logró por la resistencia del sector arcaizante de IU, que, como el
editorialista de EL PAÍS, veía peligros y oportunismos. Alberto Garzón ha
madurado su estrategia y ha consolidado en estos meses su posición dentro de
IU, aprovechando su sensatez negociadora alabada por muchos comentaristas
durante los meses del gran atasco. La unión de ambos partidos era un anhelo de
muchos ciudadanos que aspiran a que gobiernen de una vez formaciones que
representan a una mayoría social que en España en estos momentos es de
izquierdas. Respecto a las “incertidumbres programáticas”, desconocemos si al
editorialista le parecen más graves que las certidumbres mentirosas del PP en
la campaña de 2011 o que las “dudas y debilidades de los socialistas” en la
actual.
El editorial va aumentando el
tono acusador y demagógico: “La crudeza de Pablo Iglesias fue elocuente cuando
planteó condiciones draconianas al PSOE en la breve legislatura precedente.
Ahora, Podemos se dedica a amenazar a un PSOE aturdido con una eventual
desaparición en caso de no apoyarles y así garantizarse su apoyo para llegar a
La Moncloa. Su estrategia es clara: asfixiar a los socialistas negándoles el
acceso al Gobierno…”
Sin discutir las “condiciones draconianas”,
en parte resultado de una falta de confianza en el PSOE que certificó su pacto
con Ciudadanos, no es cierto que PODEMOS amenace a los socialistas con una
eventual desaparición, jamás ha salido de labios de Pablo Iglesias semejante
afirmación, ni siquiera como posibilidad política. Lejos de semejante infundio,
Pablo Iglesias ha mencionado reiteradamente en esta permanente campaña su
intención de contar con el PSOE para un futuro gobierno de cambio. La
desaparición del PSOE “en caso de no apoyarles” no dependerá de Unidos Podemos,
sino de una parte del electorado del PSOE desconcertado por la irresolución de
su líder ante la oferta de Unidos Podemos y por sus negociaciones estériles con
el partido de Albert Rivera. Todo esto desmiente la provocadora mendacidad de
la última frase. La estrategia de PODEMOS no es negar el acceso al gobierno del
PSOE, sino contar con él para que sea la coalición de Iglesias y Garzón la que
lo forme, con la previsible entrada de ministros socialistas en él. No es
realista suponer que Pedro Sánchez, que será la tercera fuerza política del
nuevo Parlamento, tenga ocasión siquiera de intentarlo. Su papel, si sobrevive
a la voracidad de sus barones regionales, será el de dar o no su apoyo a la
primera fuerza de la izquierda.
La parte más ridícula del
editorial llega a continuación: “…y dominar la agenda mediática, para lo cual
ha contado con el inestimable apoyo de un canal de televisión perteneciente a
Atresmedia, grupo empresarial que juega a todas las barajas —es el mismo que
edita La Razón— y que sabe estar al lado del Gobierno cuando la
situación lo requiere”. No cita por su nombre a la Sexta, lo que constituye un
ejercicio de infantilismo absurdo. Pero el colmo del cinismo es la acusación de
jugar “a todas las barajas”. La Sexta era antes para la derecha mediática “la
cadena de Zapatero”; ¿es ahora para EL PAÍS la de Pablo Iglesias? ¿Acaso EL
PAÍS, vinculado a PRISA, es un medio independiente que no ha apoyado nunca a
ningún gobierno? ¿No parece esto una pataleta de Cebrián porque la Sexta aireó
sus supuestas turbias conexiones familiares con paraísos fiscales? Cebrián, el mismo
al que alguno de sus empleados tilda de “tirano como Calígula” (ver el artículo
Aquí, sufriendo de EL PAÍS de las
Tentaciones del 29 de mayo), dirige con mano de hierro a sus redactores para
que tomen cumplida venganza en un editorial insidioso como pocos.
Consciente de sus excesos
previos, el autor concede algo que había negado en el primer párrafo: ganar ya
no es una “ambición” sino “una aspiración legítima de los partidos
democráticos; el problema es que desconocemos los verdaderos planes del magma
populista y radical formado por Podemos e IU”. Poco le dura el arrepentimiento,
que suena más bien a repliegue táctico para contraatacar: ya apareció el
populismo, acompañado de un radicalismo que parece corresponder a IU. Cambie el
lector populistas y radicales por la “extremistas y radicales” de Rajoy y ya
tenemos la pinza del miedo manejada por la derecha rancia y por el periódico
global. Sin comentarios.
“Exasperados por la crisis económica y
política, muchos votantes parecen querer abrir paso a una opción rupturista sin
reparar en las enormes incertidumbres que penden sobre ella. Pablo Iglesias,
que ahora se presenta como adalid de una nueva socialdemocracia, cuestiona día
sí día no los fundamentos del sistema constitucional sin explicar lo que
pretende instaurar en su lugar”. Parece que los ciudadanos hayan sido víctimas
de una plaga bíblica, como si las reformas de Rodríguez Zapatero, los recortes
del gobierno de Rajoy y las políticas suicidas de Bruselas, Merkel y el FMI no
hubiesen provocado esa exasperación. Y las “incertidumbres” ¿no eran las del
PSOE? La infamia alcanza el nivel crítico para convertirse directamente en
mentira cuando afirma que PODEMOS cuestiona el orden constitucional, sin, de
nuevo, explicar de qué está hablando. Quizá lo aclara un poco más adelante:
“Tampoco sus propuestas respecto a Cataluña resultan tranquilizadoras, pues
abrirían paso a un proceso de referendos de autodeterminación en toda España
que inevitablemente acabaría en su disgregación”. ¡Caramba! No se anda con
rodeos el adivino. Pronostica un proceso de referendos disolvente. Sabido es
que el propósito de Pablo Iglesias es realizar una consulta a los ciudadanos de
Cataluña y hacer campaña por la continuidad de su relación, quizá modificada,
con el resto de España. Esto último nunca se resalta lo suficiente. Hasta el
PSOE está contemplando la posibilidad de una relación diferente de Cataluña con
el Estado. No dista la posición de EL PAÍS de la que debieron de tener los
políticos de la derecha española cuando en 1932 se oponían vehementemente a la
aprobación del primer Estatuto de Autonomía de Cataluña.
Pero nos hemos saltado otra perla del
editorial: “Las diferentes propuestas de programa económico
que ha ido haciendo agravarían el estado de las finanzas públicas y provocarían
un enfrentamiento frontal con las autoridades europeas en un momento en el que
las instituciones europeas miran las finanzas españolas con mucha preocupación
y escasa confianza”. Nuevamente la voz del profeta resuena como una amenaza
incomprobable. Si las instituciones europeas miran con desconfianza nuestras
finanzas es por culpa de un gobierno que ha aplicado torpemente las políticas
económicas que las propias autoridades europeas saben ya que han sido un
fracaso sin paliativos. En todo caso, la falta de escrúpulos del editorial, que
sigue sin argumentar, alcanza niveles épicos.
El último párrafo reparte
diagnósticos y pronósticos a diestro y siniestro: “¿Y los demás partidos? La
buena noticia para el PP, atrincherado en el conservadurismo y a la espera de
recoger los frutos del ataque de Podemos contra el PSOE, se conforma con
repetir los resultados, en la esperanza de que ahora sí gobernará. Y la pésima
noticia para los socialistas, desdibujados y faltos de audacia, es que su suelo
electoral puede ceder aún más si no reaccionan. Ciudadanos es una incógnita que
probablemente solo resolverá el 26-J, aunque se ve a Albert Rivera sin el
brillo de otros momentos. Esta es la situación a tres semanas de la cita con
las urnas. No es tiempo de bajar los brazos ni de hacer campañas hipotensas,
sino de señalar a los electores los riesgos que entraña la operación en marcha
para deprimir al centroizquierda y hacerle frente con arrojo. Se quiere
convencer a esa gran mayoría situada en las zonas ideológicas templadas de que
no hay más alternativa que el PP o Podemos, cuando no es cierto. Esa impostura
puede costarle muy cara a la sociedad española”.
No se discute la táctica diseccionada del
PP, ni el juicio sobre el PSOE ni sobre Ciudadanos. Pero no es admisible su idea
de “operación en marcha para deprimir al centroizquierda”. La propuesta de
Unidos Podemos es arrastrar al PSOE a una gran coalición de gobierno que recupere
las políticas socialdemócratas. El PSOE no podrá hacer solo esa política si no
sabe entender la urgencia de liquidar las políticas del PP. Y en esa tarea no
puede dejar de contar con Unidos Podemos. Eso lo sabe Pedro Sánchez, pero tal
vez sus barones prefieren su supervivencia política por encima de la viabilidad
de un auténtico gobierno de cambio.
La gran impostura a que se refiere el
editorial no existe. La “gran mayoría situada en las zonas ideológicas
templadas” está constituida por los potenciales votantes del PSOE y de
Ciudadanos, pero su representación parlamentaria se reveló insuficiente para
formar gobierno en la anterior breve legislatura. La voluntad popular manda,
los resultados son votos y escaños, pero la política es otra cosa: es comprender
lo que se está jugando en cada momento. Todos supimos que la política del
último gobierno de Rodríguez Zapatero estaba condenada de antemano. El cambio
llegó por agotamiento. Ahora el que está agotado es el proyecto del PP, que no
tiene programa ni candidato viables; el momento del cambio es este. Y solo lo
garantiza una gran coalición de las izquierdas.
El subtítulo del editorial es “El centro izquierda retrocede ante la pinza del populismo y el catastrofismo”. El único catastrofismo es el del editorialista, que se apunta a la tesis del PP de que la opción de populistas y radicales no es opción. Como llamada a rebato de las filas socialistas está condenada al fracaso, porque el electorado español alcanzó en 2004 la madurez democrática cuando en marzo volteó un resultado aparentemente decidido a favor del PP. Las campañas del miedo y de la mentira suelen ser contraproducentes para todos los que las practican. EL PAÍS se apunta a ellas e intenta legítimamente influir en el electorado, pero esta forma zafia y burda de intentarlo no tiene precedentes en un medio que durante 40 años recién cumplidos se había ganado un sello de seriedad que con editoriales como este se diluye a pasos agigantados.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






















