sábado, 2 de junio de 2018

Rajoy, fin de la c(u)ita



   La caída de Rajoy puede parecer, a primera vista, tan inesperada como oportuna. Solo hacía una semana que el Congreso había aprobado los Presupuestos Generales y el ex presidente daba por hecho finalizar la legislatura no antes de 2020. Y en cuanto a la oportunidad, hoy se despeja el camino a la recuperación del gobierno autonómico en Cataluña después de siete meses de Artículo 155.
   Sin embargo, un análisis de más calado permite ver que el germen del hundimiento estaba en el panorama político desde hace un tiempo. No es banal reparar en que la mayoría parlamentaria que ha derribado el gobierno de Rajoy es la misma que salió de las elecciones de junio de 2016. ¿Qué ha variado pues para que haya triunfado la moción de censura? En primer lugar, el valor del intento previo de UP y la candidatura de Pablo Iglesias. El líder de PODEMOS no consiguió el objetivo, pero puso los puntos sobre las íes al señalar la corrupción antigua y constante de muchos de los dirigentes del PP. En segundo lugar, el cerco mediático y judicial a esa corrupción, que se ha incrementado desde entonces, con la aparición, para desgracia del PP y de Rajoy, de más casos, algunos tan sonados como el de Cristina Cifuentes o el de Eduardo Zaplana. En tercer lugar, como se ha visto, la sentencia del caso Gürtel. Ha sido la gota que ha colmado el vaso, es lo que han debido de pensar los grupos parlamentarios que han votado contra el gobierno del PP. Pero era una bomba de espoleta retardada. Pese a sus 134 diputados, el PP ha estado en minoría evidente en la cámara. Todos los demás, por razones diversas, estaban contra él. Los catalanes y vascos, por razones relativas al encaje territorial, sin mencionar la escalada del asunto de Cataluña. UP y PSOE, porque son partidos de izquierdas y, en el caso del segundo, por los impulsos renovados tras el triunfo hace un año de Pedro Sánchez en las primarias para la secretaría general de su partido. S0lo hacía falta un catalizador que hiciese explotar al gobierno. Y se produjo con la sentencia. Pero no hay que despreciar el arrojo de Sánchez al presentar la moción de censura.
   El PP ha cavado su propia fosa. Pero no es la primera vez que lo hace. En las dos ocasiones en que ha gobernado en España, con Aznar y con Rajoy, ha salido de mala manera. El 14 de marzo de 2004 el PP perdió unas elecciones que cuatro días antes se auguraban victoriosas. Las perdieron por la mentira contumaz y torticera sobre la autoría del atentado del día 11 de marzo en Madrid. Parece que no aprendieron la lección: la corrupción y las mentiras sobre ella han hecho hartarse a sus señorías. Rajoy mintió en la pantalla de plasma, mintió el 1 de agosto de 2013 en el Congreso, mintió en su declaración como testigo ante los jueces en julio del año pasado y ha desdeñado sistemáticamente las preguntas de la prensa sobre los casos de corrupción de su partido. Mentir de nuevo sobre la sentencia era la única estrategia posible, pero esta vez no les ha funcionado. Hay un límite para todo.
   La estrategia de Rajoy, tan alabada por la prensa de derechas, de dejar pasar el tiempo ha contribuido poderosamente a su caída. Y con ella arrastra a su partido. El talante personalista del PP ha impedido la aparición de voces críticas y cuando han surgido han sido ninguneadas o acalladas radicalmente, como con Cifuentes. La inacción, la pasividad, la putrefacción de la ética política de Rajoy son los culpables de la caída. El otro escalón en el que Rajoy ha tropezado ha sido Cataluña: no vale la pena referir los aspectos tan lamentables de una gestión errática y cobarde. Todos recordamos las visitas inútiles de la ex vicepresidenta al señor Junqueras, las cargas policiales contra ciudadanos en su mayoría indefensos el 1 de octubre del año pasado, la instrumentalización de los tribunales para resolver la ausencia de políticas de diálogo. Alargando los tiempos, Rajoy ha durado menos que Aznar y menos que Rodríguez.
   Pero volvamos a la moción del día 1 de junio. La audacia de Sánchez ha generado varias consecuencias:
1.       La perspectiva de una cierta unidad de la izquierda política, añorada por amplios sectores de la ciudadanía que han visto con desencanto la lucha interna en el PSOE tras el descabalgamiento de su líder el 1 de octubre de 2016; y de quienes votaban a PODEMOS con la esperanza de mayores réditos electorales para un cambio de envergadura.
2.       Ciudadanos ha quedado descolocado. Solo había que ver el gesto descompuesto de Rivera en la tribuna o en el saludo de felicitación al candidato investido. Su apuesta de adelanto electoral, basada en las encuestas, ha quedado desvirtuada. Tampoco estaba claro el auge de su formación en las generales. El modelo catalán, que allí si triunfó con Inés Arrimadas, no tenía por qué repetirse en España.
3.      La liquidación del problema Rajoy/PP. Se intuían más casos de corrupción, más desmentidos y falsedades del gobierno anterior y más inacción desidiosa sobre Cataluña. Un partido que empezó  a lucrarse en los tiempos de Aznar mediante la adjudicación de obra pública y grandes eventos a cambio de comisiones ilegales que eran repartidas entre sus principales dirigentes y acumuladas por la tesorería de la calle Génova y en las bancas de Suiza no podía seguir gobernando. Hace ya tiempo que Sánchez le dijo a la cara a Rajoy que no era decente. Ha tardado un poco en actuar en consecuencia.
4.      El final del gobierno lleva implícito el final de una política típica de la derecha española de la democracia que Rajoy ha llevado a su máximo exponente: la soberbia y la impunidad. La soberbia del “no me voy, me quedo, me voy a quedar”. Rajoy ha caído como sus predecesores corruptos. Aguantando el sillón frente a toda evidencia, sostenido en la mentira y hasta el límite de lo racional. Solo que la caída de Rajoy ha tenido tintes de drama shakespeariano. Bien está lo que bien acaba.
   Ahora se intuye una oposición feroz. Es posible. Pero antes el PP va a tener que afrontar su proceso de renovación. Las victorias unen del mismo modo que las derrotas separan. Rajoy no tiene ya afectos, excepto los pocos que decidan dejarse arrastrar al precipicio con él. La lucha interna empieza enseguida. Y el ex presidente no sobrevivirá a ella. El PP debe renovarse completamente. Eso los mantendrá ocupados. Siempre habrá que aguantar a ese hincha violento y vaporoso que es su portavoz, esgrimiendo los fantoches de una ultraderecha que sigue sin transigir con la memoria histórica, con los nacionalismos, con los imaginarios lazos de PODEMOS con el terrorismo etarra o iraní, con los populismos, con la “traición” de Ciudadanos…
   El corolario es que la democracia, lejos de estar en crisis, se renueva oportunamente gracias a la irrupción de nuevos partidos, a la aparición de movimientos sociales de todo tipo (15-M, plataformas antidesahucio, movimientos feministas y contra la violencia sexual, pensionistas) que ofrecen resistencia a políticas (antipolíticas) que, con el pretexto de la crisis, han ahondado la brecha económica entre las clases y han llevado a una parte de los ciudadanos a una situación de precariedad que supone la antítesis del objetivo de justicia social que debe ser el fundamento de una democracia moderna. La derecha española de Rajoy ha empeorado notablemente respecto a la de los tiempos de Aznar. Por incompetencia, por falsedad, por corrupción, por mendacidad y por falta de sintonía con las clases menos favorecidas. Librarse de ella era una obligación y un propósito que pareció necesario a sus señorías. La estrategia de Ciudadanos quedaba fuera de la foto. No había alternativa: con Rajoy o contra Rajoy. La torpeza del ex presidente y de su partido fue no ver que todos estaban contra ellos. No se habría entendido que el PNV hubiese votado otra cosa.


   La imagen del escaño vacío toda la tarde del día 31 fue un reflejo del mandato del gallego: puro escapismo, mezcla de su crónico desdén y su patológica cobardía. No sabemos si en el reservado del restaurante en el que pasó la tarde lo dejaron fumarse un puro, pero sí advertimos en televisión su paso tambaleante al franquear el umbral. Quizá ha sido la imagen más humanamente irresponsable del general que intuye la derrota. Ya puede ser compadecido, aunque a muchos nos va a costar.


martes, 27 de febrero de 2018

Presentación de "Lugares de interés"

El día 16 de febrero, en la librería Antígona, fue presentado el poemario Lugares de interés. Desde aquí doy las gracias a todas las personas que han hecho posible esa publicación. Queden estas fotos para el recuerdo.

















lunes, 5 de febrero de 2018

Lugares de interés



Sobre los viajes

“La poesía del viaje no reside en descansar de la monotonía de la vida doméstica, del trabajo y las preocupaciones, ni tampoco de la azarosa convivencia con otras gentes o en la contemplación de otras imágenes. Tampoco reside en la posibilidad de satisfacer una curiosidad. La poesía del viaje reside en la experiencia vital, es decir, en el enriquecimiento, en la incorporación orgánica de lo recién adquirido, en el incremento de nuestra comprensión por la unidad en la diversidad, por el gran tejido del mundo y de la humanidad, en el reencuentro de unas verdades y unas leyes antiguas bajo unas condiciones nuevas.
(…)

 “El que no necesita ahorrar tiempo y dinero y siente el placer de viajar, debería tener la necesidad imperiosa de hacerse suyos, pedazo a pedazo, aquellos países en los que se adivina algo codiciable para sus ojos y su corazón, y conquistar un fragmento de mundo con un aprendizaje y un goce lentos, echar raíces en muchos países y coleccionar, del este y el oeste, piedras para el hermoso edificio de una amplia comprensión hacia la tierra y sus formas de vida.”

Herman Hesse, El arte del ocio.


Sirvan estos fragmentos para asentar una justificación no solicitada de esta entrada con dos poemas del libro recién publicado por STI Ediciones Lugares de interés. En él se entrecruzan percepciones y evocaciones de dos viajes realizados por el autor entre marzo y abril de 2017, el primero al norte de Italia y el segundo a Grecia. 
El poemario se completa con el prólogo de Julio García Caparrós y las ilustraciones del interior y de las cubiertas realizadas por Josep Mateu Profitós.
Se reproducen a continuación dos poemas.



PLAZA SAN MARCOS

Alas de papel disputan 
en un cielo pintado
círculos secretos.

Trazan los pináculos
las ondas del insomnio.

Un reloj
atrasa las horas
sobre la almohada
y me absorbo
en otros delirios.




CARIÁTIDES

¡Cómo definir la mirada!
Se perdió la sonrisa de bronce
y el reino de Fidias.
Se ganó la palabra inquieta
y la gravedad de un dios nuevo.

Ojos de mármol escrutando
el futuro sin ahora, 
nostalgia de hoplitas y teoremas.




jueves, 10 de agosto de 2017

La lucha por la desiguald


El historiador y editor Gonzalo Pontón publicó en septiembre de 2016 un amplio volumen titulado La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII. El libro, prologado por Josep Fontana, responde con exactitud enciclopédica al título enunciado. Y su tesis, defendida en sus páginas con rigor y vehemencia, es que el siglo XVIII supuso en la historia europea el momento crucial de aceleración de la desigualdad que hoy resulta característica del capitalismo de crisis en el que nos movemos. Enlaza con la idea clave de Pikety de que la desigualdad tiene una historia tan larga como el propio sistema capitalista, con momentos de reducción y otros de desarrollo. Para Gonzalo Pontón el siglo XVIII representa el inicio de esa expansión de la desigualdad de las clases sociales. Y se apresta a demostrarlo con una aportación apabullante de datos y cierta entrega iconoclasta que no rehúye polémicas con otros historiadores.
Para empezar, desmiente los propios conceptos de “revolución agrícola” y de “revolución industrial”. En el primer caso, afirma que los campesinos se vieron sistemáticamente expulsados de la tierra, en Francia por el feudalismo tardío, y en Gran Bretaña por el capitalismo incipiente de los cercamientos y el uso de utillaje moderno. En cuanto a la revolución industrial inglesa, sugiere que fue paulatina, sin despegue, contra las convenciones académicas aún predominantes. Resalta la intervención decisiva del estado británico a través de regulaciones y de aranceles, los más altos de Europa entonces. La industria británica se benefició de una enorme demanda de productos manufacturados, lo que llevó a sus fabricantes a optar por un modelo de economía de oferta que supuso la opción más depredadora para la especie humana, en un momento en el que el hambre y las grandes epidemias habían sido erradicadas. En suma, fue el comienzo de la explotación.
Pontón dedica un amplio apartado a dibujar los rasgos esenciales de esa explotación: mano de obra de mujeres y niños y salarios miserables. Buena parte de los inventos técnicos de la época se hicieron pensando en la mano de obra de los niños, que, junto con sus madres y hermanas, mantuvieron la vida de los pobres de Gran Bretaña. Algo parecido sucedió en España y Francia. De modo que la “fiebre consumista” fue protagonizada por las clases medias, que vieron crecer su poder adquisitivo mientras en Europa el número de pobres alcanzaba los cien millones.
El autor evidencia, en un ámbito más puramente político, que Inglaterra ganó casi todas las guerras del siglo XVIII gracias a la combinación de préstamos baratos e impuestos elevados y con el concurso de una tropa reclutada entre pobres, deudores, vagos y maleantes. Por supuesto, hubo protestas y motines contra ese criterio de recluta y contra los ricos. Protestas que, por razones diferentes, se venían dando también en Francia. La “grande peur” había empezado en realidad, sostiene Pontón, en el invierno de 1788, que fue el más frío del siglo; y se recrudeció en el corazón de Francia a partir de marzo de 1789. Por cierto que en ese mismo contexto contestatario sitúa el motín de Esquilache en España, protagonizado por comerciantes, trabajadores, artesanos, albañiles y criados. La represión posterior, decretada por el conde Aranda, supuso la detención de más de seis mil personas.
Gonzalo Pontón aborda con profusión los aspectos culturales de la Ilustración. Ninguna empresa de educación sistemática de los niños fue puesta en práctica por los gobernantes europeos, con la excepción quizá de Prusia y el imperio de Austria. En Inglaterra no hubo enseñanza elemental obligatoria hasta la Ley de Educación Elemental de ¡1870!
En cuanto a los más puramente ideológicos, su conclusión es rotunda: los filósofos ilustrados eran mayoritariamente aristócratas reaccionarios, adscritos al lado de la burguesía y contra las clases populares, a las que despreciaban. Consideraban peligrosa la igualdad política y social, aunque no la natural. Solo salva a Spinoza, como precursor, a Pierre Bayle y al barón d’Holbach.
En cuanto a los monarcas de Europa, niega el apelativo de ilustrados a todos ellos, sin excepción. Es especialmente crítico con Carlos III, lo que puede provocar más de un sarpullido entre algunos historiadores españoles del siglo XVIII, dada la oficial tendencia a considerarlo el más preclaro ejemplar de la dinastía reinante, después del actual, por supuesto.
De los ilustrados y políticos españoles apenas exonera a Jovellanos, Antonio Campmany y algunas cosas de las que emprendió Olavide. Despacha con dureza al marqués de la Ensenada, a Campomanes, a Floridablanca, al padre Feijoo y a Cadalso. Pero no es menos severo con Voltaire, Montesquieu o, sobre todo, Rousseau.
En su introducción Gonzalo Pontón anticipa las conclusiones a las que después llega. La burguesía se impuso en la segunda mitad del siglo a los estamentos feudales y transformó su potencial económico en potencial político. Pero esa misma burguesía emprendió a continuación una lucha por la desigualdad más duradera y más triunfal: “la que la enfrentó a las clases subalternas de las que se había escindido y que habían de ser, ahora, sus vasallos como antes lo habían sido de los señores feudales, pero con un cambio fundamental en los modos, en las formas y en el lenguaje: ahora los comunes serían libres para contratar su fuerza de trabajo con la nueva clase dirigente. Se iniciaba así un nuevo avatar del capitalismo, ahora como sistema social y forma de vida que excluía toda alternativa”.


miércoles, 19 de julio de 2017

Tertulianos tóxicos


Los programas de tertulia televisiva sobre temas políticos de actualidad están de moda. A diario, con una alternancia precisa, aparecen en la pantalla los mismos periodistas, portavoces parlamentarios, politólogos y expertos varios sobre las diversas ramas de las ciencias y los escándalos políticos.
El televidente se arma de paciencia sin poder reprimir al mismo tiempo un morbo inevitable por la esperada gran noticia de la corrupción, que nunca llega porque todas son grandes, aunque cada vez nos lo parezcan menos a fuerza de costumbre. Y ahí están los técnicos de la información y de la intoxicación para comentarlas. Pero el debate acaba convirtiéndose en una escaramuza de buenos y malos, según el pelaje ideológico de cada tertuliano. De modo que es muy difícil averiguar casi nada que no se sepa de antemano. A veces la discusión alcanza el nivel calificable de bronca, con el consiguiente enfado de al menos dos de los tertulianos y el regocijo de una buena parte del público.
Hay un programa en el que se olisquea la sangre constantemente, con tertulianos casi fijos: La Sexta noche. Hay que reconocer el buen oficio del presentador, Iñaki López, que sabe manejar con exquisitez y temple los momentos de mayor tensión. Pero a veces la cosa llega a mayores y resulta casi imposible sujetar a las fieras.
El sábado 15 de julio, una fecha oportuna como pocas, la disputa entre el ubicuo director de La Razón, Francisco Marhuenda, y Jesús Maraña, director de infoLibre, a propósito de la noticia generada porque el ayuntamiento de Guadalajara quería cobrar los gastos del funeral de un fusilado exhumado de la Guerra Civil en aplicación de la llamada Ley de Memoria Histórica, subió de tono. Pronto sucedió lo inevitable: el tema se desvió a los orígenes y causas de la propia contienda.
El inefable Marhuenda mostró lo que con cierta frecuencia le cuesta ocultar, quizá porque no lo intenta. Pronto sacó el argumento de que la República ya había hecho un golpe de estado en 1934, en Asturias y en Barcelona. Lo manejó sin rubor como descargo del que dieron los militares en julio de 1936. También tuvo tiempo de mencionar que las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude, pues estaban manipuladas. El nuevo revisionismo histórico, establecido que el franquismo es indefendible, tiende a remontarse a lo que considera sus antecedentes para continuar el desprestigio de la etapa republicana. Cuando Jesús Maraña intentó argumentar que los historiadores dan por sentado que el golpe de estado supuso el inicio y la causa inmediata de la Guerra Civil, el conspicuo director de La Razón se quitó la media careta que aún lleva y le replicó que esos historiadores eran “unos chorras”. De nuevo repitió los exabruptos, envalentonado cual júligan con varias pintas en el cuerpo. Afortunadamente, la admirable bonhomía de Jesús Maraña evitó que la bronca fuese a más. También terció el presentador, con una cambiada larga y pase prudente a otro tema.
Probablemente los historiadores a los que aludió Marhuenda con ese calificativo tan poco elegante no estaban ante el televisor la noche de marras viendo el programa. No sabemos cómo les habría sentado ese comentario de quien presume una semana sí y otra también de varias licenciaturas y doctorados, de ser profesor en la universidad, de ex director de gabinete del presidente del gobierno y de no sé cuántas cosas más. Pero a quienes nos hemos dedicado con suma modestia a explicar la historia de este país a miles de alumnos durante años las afirmaciones de Francisco Marhuenda nos repugnan profundamente.
No se discute que, en efecto, elementos de la oposición política y social a los gobiernos de derechas intentaron un golpe de estado en Asturias; ni que la Generalitat llegase a darlo en octubre de ese mismo año. Tampoco que hubiese conventos e iglesias que ardieron en Madrid en mayo de 1931, pero no fue la República la que los hizo arder. Hay una profunda raíz de descontento anticlerical en algunos de los movimientos de protesta social de la Europa contemporánea: la Semana Trágica de Barcelona de 1909 es el más célebre, pero la quema de iglesias no es un fenómeno nuevo en la historia del continente (véanse los motines de Gordon de Londres en 1780). Son hechos que la historia debe asumir, explicar e interpretar. Ahora no se queman iglesias, se organizan 15-M.
Pero el punto más humillante de los desatinos de Marhuenda es que da cobertura moral al golpe de los militares de julio y atribuye de paso a la República la principal responsabilidad de la guerra que vino después. A nuestros alumnos les enseñamos que la guerra fue provocada por un golpe de estado que destruyó la legalidad de un régimen democrático salido de las urnas; y que de resultas de la guerra se estableció en España un régimen fascista que reprimió a los vencidos durante al menos los doce años siguientes al final de la contienda. Flaco favor hace el tertuliano a quienes procuramos ser objetivos y educar a los jóvenes de este país en lo más cercano a la verdad histórica. No sé qué pensarán de las palabras de Francisco Marhuenda los Julián Casanova, Gabriel Jackson, Santos Julià, Enrique Moradiellos o Paul Preston, pero me lo puedo imaginar. Por desgracia ellos no aparecen tanto en televisión.

viernes, 26 de mayo de 2017

LSD


  Droga pura y dura. El proceso de primarias del PSOE ha dejado resaca. López, Sánchez y Díaz nos han hecho alucinar durante unas semanas de ¿campaña? electoral sin precedentes en la historia reciente de la democracia española.
  El primero apeló siempre a la unidad, intentando en apariencia mediar entre dos facciones irreconciliables, en fin, queriendo ser aguja de coser un roto, rebelde a fuer de desgastado el tejido. El segundo ganó por deméritos de los rivales y hastío de muchos militantes hacia la corrupción del PP. La tercera perdió por una mezcla de torpeza (mal cálculo de sus poderes) y de soberbia (no hubo programa ni campaña propiamente, excepto la reiteración del vamos a ganar al PP).
  Pedro Sánchez fue descartado prematuramente cuando la cuartelada del 1 de octubre lo descabalgó de su montura. Un golpe tan zafio, propio de la España decimonónica, no podía ser perdonado por los espíritus ecuánimes. Cierto que la entrevista con Jordi Évole en Salvados le granjeó más enemistades (en realidad eran las mismas que ya tenía, solo que ahora fueron declaradas), de modo que más de uno certificó su entierro político (ya había sido ejecutado por la “ejecutiva”). Sin embargo, obró con audacia juliana y, tras dejar el acta de diputado, empezó a sopesar las posibilidades que le ofrecía el proceso de las primarias.
  La audacia fue sustituida por astucia. Primero calibró la traición de sus allegados: aprendió una dura lección política en sus carnes por las defecciones de Luena y Hernando. Después comprobó la mala fe de la gestora al dilatar todo el procedimiento con la esperanza de que se disolviera el tufo de la asonada. Por último, corroboró la sospecha de la mala planificación de Susana Díaz, que hizo una campaña sin principio ni fin, llena de frases huecas, y tardíamente anunciada. López nunca fue rival, sino el contrapunto ético que resaltaba la banalidad de las propuestas de Díaz. Al menos, Pedro Sánchez entonaba de nuevo el mantra del “no es no” y la versión revertida de “sí es sí”, con la diferencia de que ambas cobran más sentido cuando ya es evidente que el partido del gobierno se mantiene indignamente sobre un flotador relleno de corrupción.
  Los análisis habituales de que las bases saben lo que quieren y están alejadas de las élites son básicamente ciertos. Susana Díaz nadaba contra la corriente y no supo leer la historia reciente de su propio partido: Borrell, Zapatero, el propio Sánchez… Su rostro en la foto de la noche electoral delataba algo más que decepción.
  Ahora se abre un futuro incierto. Los barones del PSOE han quedado tan desairados como la propia candidata apoyada por ellos. Cuando acusaban a Sánchez de haber hecho daño al partido emplearon una saña impropia, pero sobre todo innecesaria. Nunca reconocerán que ellos han hecho más daño que el propio “secretario general electo”.
  Hará bien Sánchez en no fiarse de ellos. Si fueron capaces de una alcaldada como la del 1 de octubre, son capaces de poner todos los palos en las ruedas del nuevo secretario. Pero hay que darles un margen de confianza, no debería verlos Sánchez como enemigos.
  Más claros tiene otros. Los de siempre. El editorial de EL PAÍS del 22 de mayo se volvía a despachar a gusto: El “Brexit” del PSOE. La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.
  Más allá de la poco afortunada y oportunista comparación con la salida del Reino Unido de la UE, el segundo titular supone ya una declaración de guerra. ¿Por qué profundiza la crisis la victoria de Sánchez? Intenta explicarlo el editorialista, pero es poco creíble, se tira a la yugular con un odio atávico difícil de entender, excepto por un contagio de los métodos y estilos de la caverna mediática de la derecha más rancia.
  Comienza acusando a Sánchez de las derrotas electorales (¿olvida a Alfredo Pérez?), las divisiones internas y los vaivenes ideológicos. Las divisiones internas no las produjo él, uno no se divide solo, lo dividen. Los vaivenes se los impuso la baronía cuando el 28 de diciembre de 2015 le prohibió pactar con nacionalistas/independentistas.
  Después comete un error de bulto equiparando el Brexit con el reférendum colombiano y la victoria de Trump. Pero da por hecho que los tres acontecimientos son el resultado de prácticas torticeras de los diseñadores de las campañas electorales, como si de nuevo los votantes no supiesen votar.
Sin embargo, la línea profunda del razonamiento es más increíble: Sánchez no pudo gobernar ni puede hacerlo, lo cual, según el editorialista, lo inhabilita para ser secretario general. Parece deducirse el silogismo de que solo quien esté en condiciones objetivas de gobernar está legitimado para saltar a la palestra de la política española. Sin embargo, Susana Díaz habría estado en las mismas condiciones que su rival, fuera del Parlamento y sin posibilidades hasta las próximas generales, independientemente de que ella no hubiese hecho “giros ideológicos”.
  Justo por hacerlos tiene Sánchez más posibilidades que Susana Díaz. El editorial termina con una especie de maldición profética e insiste en la profundización de una gravísima crisis interna con Pedro Sánchez al frente. No parece darse cuenta de que la victoria de Sánchez refleja el triunfo de unas ideas que están pidiendo la modernización del partido. En vez de mirar al legado de un pasado no tan ejemplar, las bases están señalando a todo el partido, no a Pedro Sánchez, el camino del futuro. Y de una forma irreprochablementedemocrática. De la que carece, por cierto, el dedo del señor Rajoy.
  EL PAÍS no parece entender que el grado de hastío de la ciudadanía hacia la corrupción del partido gobernante se incrementa. Con la excepción del gobierno de Felipe González, ningún otro ha presidido España durante más de ocho años. Cuando termine ese ciclo, si hay cierto mantenimiento de la leve recuperación, el PP perderá las elecciones, habrá dejado de ser el instrumento tal vez necesario, tal vez útil para salir del hoyo; y, por lo tanto, será prescindible. La socialdemocracia se maneja mejor en la abundancia que en la escasez, a diferencia de la derecha, que solo sabe gestionar injusticia, desigualdad y recortes. El populismo es también de derechas y puede llegar a ser muy reaccionario. Es populista exigir responsabilidad por sistema a los partidos de la oposición con el o estás conmigo o estás contra mí, como si no hubiese otras vías. Es populista descalificar al adversario sistemáticamente, es populista negar las evidencias de los recortes, la corrupción y los intentos por taparla para que no aflore. Y es groseramente populista y maleducado, al estilo del más adusto Maduro, que el señor Rajoy no haya felicitado al nuevo secretario general del PSOE.

miércoles, 8 de junio de 2016

Anatomía (patológica) de un editorial

   El editorial de EL PAÍS del día 5 de junio titulado Una gran impostura constituye una muestra más de los ataques a los que, por desgracia, nos ha ido acostumbrando ese periódico desde la irrupción de nuevas fuerzas en el panorama político español. Vayamos por partes.   
   En su primer párrafo se afirma lo siguiente: “A medida que se acercan las elecciones del 26 de junio, la coalición Unidos Podemos deja más clara su ambición de rebasar al PSOE, colocarse como única alternativa al PP y auparse al poder”. Nada que objetar a ese enunciado, esa ambición, término nada engañoso para el diccionario de la RAE, ha sido expresada, incluso dada por conseguida públicamente por los representantes de PODEMOS, más que por los de IU, que andan apenas asimilando su nueva situación en el tablero de la partida que está por jugar. Por otra parte, la “ambición” de “auparse al poder” es la de todos los partidos políticos en liza, ¿o acaso concurren a unas elecciones con otro objetivo que no sea el de ganar? Pero esta introducción es de tanteo, el editorialista continúa destilando nada veladas acusaciones: “Hasta el punto de que ya convence a un elector de cada cuatro, según el sondeo de Metroscopia que publica hoy EL PAÍS, un sondeo alarmante aunque sea una instantánea de la realidad actual y no una predicción del resultado electoral”. Nada más alarmante que el propio adjetivo, comienza la escenificación del miedo al 26-J, que tan insidiosamente practica EL PAÍS desde hace ya más de dos años. La pregunta sería ¿por qué “alarmante”? ¿Para quién? No se discute la línea editorial de cada medio de comunicación ni la opción política que considere más adecuada, pero el uso de adjetivos alarmistas, y este lo es más que otros, recuerda demasiado las viejas y nuevas campañas del miedo que el propio periódico acostumbraba denunciar en otros momentos históricos con tanto fervor.

   Sigamos, no tiene desperdicio: “Frente a las dudas y debilidades de los socialistas y el descaro del PP de presentarse como el valladar contra el extremismo, la encuesta muestra la movilización de un electorado seducido por un pacto entre Podemos e IU tan artificial como oportunista y plagado de incertidumbres programáticas”. La habitual andanada contra el PP y los nubarrones sobre Pedro Sánchez se complementan con una pócima digna del más rancio vocabulario de la prensa franquista. La seducción como arma ideológica propia de la guerra fría aparece aquí en tono admonitorio: ¡Cuidado, electores! Sois bobos si os dejáis seducir por la verborrea comunista. ¡Atentos a los cantos de sirena, ataos a los mástiles de la nave para no caer víctimas de Caribdis (Unidos Podemos), que de Escila (PP) ya nos encargamos nosotros! En el mismo párrafo califica de “artificial” y “oportunista” el pacto de IU y PODEMOS sin aportar justificación alguna. Esa es una grave carencia de un medio que se considera paradigma de prensa equilibrada. El pacto no es artificial ni oportunista: independientemente del rédito de votos, esa alianza fue ya intentada con ocasión del 20-D y no se logró por la resistencia del sector arcaizante de IU, que, como el editorialista de EL PAÍS, veía peligros y oportunismos. Alberto Garzón ha madurado su estrategia y ha consolidado en estos meses su posición dentro de IU, aprovechando su sensatez negociadora alabada por muchos comentaristas durante los meses del gran atasco. La unión de ambos partidos era un anhelo de muchos ciudadanos que aspiran a que gobiernen de una vez formaciones que representan a una mayoría social que en España en estos momentos es de izquierdas. Respecto a las “incertidumbres programáticas”, desconocemos si al editorialista le parecen más graves que las certidumbres mentirosas del PP en la campaña de 2011 o que las “dudas y debilidades de los socialistas” en la actual.
   El editorial va aumentando el tono acusador y demagógico: “La crudeza de Pablo Iglesias fue elocuente cuando planteó condiciones draconianas al PSOE en la breve legislatura precedente. Ahora, Podemos se dedica a amenazar a un PSOE aturdido con una eventual desaparición en caso de no apoyarles y así garantizarse su apoyo para llegar a La Moncloa. Su estrategia es clara: asfixiar a los socialistas negándoles el acceso al Gobierno…”
   Sin discutir las “condiciones draconianas”, en parte resultado de una falta de confianza en el PSOE que certificó su pacto con Ciudadanos, no es cierto que PODEMOS amenace a los socialistas con una eventual desaparición, jamás ha salido de labios de Pablo Iglesias semejante afirmación, ni siquiera como posibilidad política. Lejos de semejante infundio, Pablo Iglesias ha mencionado reiteradamente en esta permanente campaña su intención de contar con el PSOE para un futuro gobierno de cambio. La desaparición del PSOE “en caso de no apoyarles” no dependerá de Unidos Podemos, sino de una parte del electorado del PSOE desconcertado por la irresolución de su líder ante la oferta de Unidos Podemos y por sus negociaciones estériles con el partido de Albert Rivera. Todo esto desmiente la provocadora mendacidad de la última frase. La estrategia de PODEMOS no es negar el acceso al gobierno del PSOE, sino contar con él para que sea la coalición de Iglesias y Garzón la que lo forme, con la previsible entrada de ministros socialistas en él. No es realista suponer que Pedro Sánchez, que será la tercera fuerza política del nuevo Parlamento, tenga ocasión siquiera de intentarlo. Su papel, si sobrevive a la voracidad de sus barones regionales, será el de dar o no su apoyo a la primera fuerza de la izquierda.
   La parte más ridícula del editorial llega a continuación: “…y dominar la agenda mediática, para lo cual ha contado con el inestimable apoyo de un canal de televisión perteneciente a Atresmedia, grupo empresarial que juega a todas las barajas —es el mismo que edita La Razón— y que sabe estar al lado del Gobierno cuando la situación lo requiere”. No cita por su nombre a la Sexta, lo que constituye un ejercicio de infantilismo absurdo. Pero el colmo del cinismo es la acusación de jugar “a todas las barajas”. La Sexta era antes para la derecha mediática “la cadena de Zapatero”; ¿es ahora para EL PAÍS la de Pablo Iglesias? ¿Acaso EL PAÍS, vinculado a PRISA, es un medio independiente que no ha apoyado nunca a ningún gobierno? ¿No parece esto una pataleta de Cebrián porque la Sexta aireó sus supuestas turbias conexiones familiares con paraísos fiscales? Cebrián, el mismo al que alguno de sus empleados tilda de “tirano como Calígula” (ver el artículo Aquí, sufriendo de EL PAÍS de las Tentaciones del 29 de mayo), dirige con mano de hierro a sus redactores para que tomen cumplida venganza en un editorial insidioso como pocos.
   Consciente de sus excesos previos, el autor concede algo que había negado en el primer párrafo: ganar ya no es una “ambición” sino “una aspiración legítima de los partidos democráticos; el problema es que desconocemos los verdaderos planes del magma populista y radical formado por Podemos e IU”. Poco le dura el arrepentimiento, que suena más bien a repliegue táctico para contraatacar: ya apareció el populismo, acompañado de un radicalismo que parece corresponder a IU. Cambie el lector populistas y radicales por la “extremistas y radicales” de Rajoy y ya tenemos la pinza del miedo manejada por la derecha rancia y por el periódico global. Sin comentarios.
   “Exasperados por la crisis económica y política, muchos votantes parecen querer abrir paso a una opción rupturista sin reparar en las enormes incertidumbres que penden sobre ella. Pablo Iglesias, que ahora se presenta como adalid de una nueva socialdemocracia, cuestiona día sí día no los fundamentos del sistema constitucional sin explicar lo que pretende instaurar en su lugar”. Parece que los ciudadanos hayan sido víctimas de una plaga bíblica, como si las reformas de Rodríguez Zapatero, los recortes del gobierno de Rajoy y las políticas suicidas de Bruselas, Merkel y el FMI no hubiesen provocado esa exasperación. Y las “incertidumbres” ¿no eran las del PSOE? La infamia alcanza el nivel crítico para convertirse directamente en mentira cuando afirma que PODEMOS cuestiona el orden constitucional, sin, de nuevo, explicar de qué está hablando. Quizá lo aclara un poco más adelante: “Tampoco sus propuestas respecto a Cataluña resultan tranquilizadoras, pues abrirían paso a un proceso de referendos de autodeterminación en toda España que inevitablemente acabaría en su disgregación”. ¡Caramba! No se anda con rodeos el adivino. Pronostica un proceso de referendos disolvente. Sabido es que el propósito de Pablo Iglesias es realizar una consulta a los ciudadanos de Cataluña y hacer campaña por la continuidad de su relación, quizá modificada, con el resto de España. Esto último nunca se resalta lo suficiente. Hasta el PSOE está contemplando la posibilidad de una relación diferente de Cataluña con el Estado. No dista la posición de EL PAÍS de la que debieron de tener los políticos de la derecha española cuando en 1932 se oponían vehementemente a la aprobación del primer Estatuto de Autonomía de Cataluña.
   Pero nos hemos saltado otra perla del editorial: “Las diferentes propuestas de programa económico que ha ido haciendo agravarían el estado de las finanzas públicas y provocarían un enfrentamiento frontal con las autoridades europeas en un momento en el que las instituciones europeas miran las finanzas españolas con mucha preocupación y escasa confianza”. Nuevamente la voz del profeta resuena como una amenaza incomprobable. Si las instituciones europeas miran con desconfianza nuestras finanzas es por culpa de un gobierno que ha aplicado torpemente las políticas económicas que las propias autoridades europeas saben ya que han sido un fracaso sin paliativos. En todo caso, la falta de escrúpulos del editorial, que sigue sin argumentar, alcanza niveles épicos.
   El último párrafo reparte diagnósticos y pronósticos a diestro y siniestro: “¿Y los demás partidos? La buena noticia para el PP, atrincherado en el conservadurismo y a la espera de recoger los frutos del ataque de Podemos contra el PSOE, se conforma con repetir los resultados, en la esperanza de que ahora sí gobernará. Y la pésima noticia para los socialistas, desdibujados y faltos de audacia, es que su suelo electoral puede ceder aún más si no reaccionan. Ciudadanos es una incógnita que probablemente solo resolverá el 26-J, aunque se ve a Albert Rivera sin el brillo de otros momentos. Esta es la situación a tres semanas de la cita con las urnas. No es tiempo de bajar los brazos ni de hacer campañas hipotensas, sino de señalar a los electores los riesgos que entraña la operación en marcha para deprimir al centroizquierda y hacerle frente con arrojo. Se quiere convencer a esa gran mayoría situada en las zonas ideológicas templadas de que no hay más alternativa que el PP o Podemos, cuando no es cierto. Esa impostura puede costarle muy cara a la sociedad española”.
   No se discute la táctica diseccionada del PP, ni el juicio sobre el PSOE ni sobre Ciudadanos. Pero no es admisible su idea de “operación en marcha para deprimir al centroizquierda”. La propuesta de Unidos Podemos es arrastrar al PSOE a una gran coalición de gobierno que recupere las políticas socialdemócratas. El PSOE no podrá hacer solo esa política si no sabe entender la urgencia de liquidar las políticas del PP. Y en esa tarea no puede dejar de contar con Unidos Podemos. Eso lo sabe Pedro Sánchez, pero tal vez sus barones prefieren su supervivencia política por encima de la viabilidad de un auténtico gobierno de cambio.
   La gran impostura a que se refiere el editorial no existe. La “gran mayoría situada en las zonas ideológicas templadas” está constituida por los potenciales votantes del PSOE y de Ciudadanos, pero su representación parlamentaria se reveló insuficiente para formar gobierno en la anterior breve legislatura. La voluntad popular manda, los resultados son votos y escaños, pero la política es otra cosa: es comprender lo que se está jugando en cada momento. Todos supimos que la política del último gobierno de Rodríguez Zapatero estaba condenada de antemano. El cambio llegó por agotamiento. Ahora el que está agotado es el proyecto del PP, que no tiene programa ni candidato viables; el momento del cambio es este. Y solo lo garantiza una gran coalición de las izquierdas.
   El subtítulo del editorial es “El centro izquierda retrocede ante la pinza del populismo y el catastrofismo”. El único catastrofismo es el del editorialista, que se apunta a la tesis del PP de que la opción de populistas y radicales no es opción. Como llamada a rebato de las filas socialistas está condenada al fracaso, porque el electorado español alcanzó en 2004 la madurez democrática cuando en marzo volteó un resultado aparentemente decidido a favor del PP. Las campañas del miedo y de la mentira suelen ser contraproducentes para todos los que las practican. EL PAÍS se apunta a ellas e intenta legítimamente influir en el electorado, pero esta forma zafia y burda de intentarlo no tiene precedentes en un medio que durante 40 años recién cumplidos se había ganado un sello de seriedad que con editoriales como este se diluye a pasos agigantados.