miércoles, 27 de marzo de 2019

El dilema de Malinche


   La noticia saltó repentinamente a los titulares del día: algo así como que el presidente de México pedía al rey de España que se disculpara por los abusos y el genocidio cometidos por los españoles llegados a América a partir de 1492, y en particular, por la conquista del territorio de los mexicas y la destrucción de la vieja capital Tenochtitlán por obra de Hernán Cortés y sus hombres. Una parte textual de la carta refiere: “que el Estado español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas y ofrezca las disculpas o resarcimientos políticos que convengan”.
   Más allá de la noticia en sí, ha llamado poderosamente la atención la inmediata y visceral reacción de los líderes de los partidos políticos españoles. Entre Casado y Rivera el resultado es, una vez más, mero patrioterismo. Ambos hablan de afrenta, ofensa, manipulación histórica y populismo. Vox se ha mostrado más cerebral y distante, quizá porque ese debate lo da por superado entre sus dirigentes, ventajas de tener conchas muy duras. Podemos pone la nota discordante y escueta: “[López Obrador] tiene mucha razón en exigirle al rey que pida perdón por los abusos en la conquista”. En línea parecida ha opinado el PNV. Por último, el Gobierno, por boca del ministro de AA. EE., Josep Borrell, ha sido muy cuidadoso en su reacción, manejando un argumento de tipo histórico: "La llegada, hace quinientos años, de los españoles a las actuales tierras mexicanas no puede juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas".
   Quizá cabe hacer algunas consideraciones justamente de tipo histórico para ver algo de luz en la demanda del presidente mexicano.
   Unas, de tipo secundario:

  • La llegada de los castellanos del siglo XV y XVI a América fue un hecho que se inscribe en el movimiento de larga duración de la apertura de nuevas rutas mundiales por parte de las naciones europeas. Ese movimiento tiene sus causas y sus características, entre las cuales están los precedentes de los portugueses desde el siglo XIV, la búsqueda de una ruta que sorteara el bloqueo del comercio de las especias establecido por los recientes conquistadores (1453) de Estambul, los otomanos, y, por último, los avances técnicos que permitieron el desarrollo de la navegación.
  • A la luz de estos acontecimientos históricos incuestionables, la “conquista” de América por los castellanos recién llegados podría calificarse, si fuésemos capaces de un distanciamiento tan eficaz como el que la historiografía inglesa tiene para sus aventuras marítimas de los siglos XVI y XVII, de “expansión del capitalismo comercial”. En resumen, la Castilla de la Edad Moderna conquistó para controlar las fuentes del trabajo y del capital que iría descubriendo en América: la plata, la producción agrícola y un comercio muy activo entre las colonias y la corona. Algo que de un modo u otro hicieron Francia o Inglaterra en América del Norte y Portugal en el futuro Brasil por la misma época.

  Pero hay consideraciones más fundamentales que hacer. La principal, que probablemente constituye la piedra de toque de toda la polémica, es que el razonamiento del presidente de México está viciado por la suposición esencialista de la existencia eterna e inmutable de las formas de los estados nacionales. Es obvio que la tierra asolada por Cortés, dividida entre diferentes pueblos que no mantenían precisamente unas relaciones siempre cordiales, no tiene ya mucho que ver con el actual Estado mexicano. Ni la Castilla de 1519 es la España del siglo XXI, ni la dinastía reinante entonces, por cierto, era la misma que la actual. Dato casi anecdótico que, no obstante, hace más relevante la argumentación, pues se asiste al dislate de que se exija pedir perdón al representante de un Estado entonces inexistente. El argumento tiene también su reverso, pues descalifica a su vez las reacciones de Rivera y Casado. No puede haber afrenta a quienes no son en ningún grado causantes de aquella “ofensa” que menciona Andrés Manuel López en su carta al rey de España. El problema es que Casado y Rivera (y algunos más) asumen también el poderoso referente del estado nacional. Es curioso que critiquen tan fervientemente otros nacionalismos. Pero ya sabemos que estos suelen ser excluyentes.

   Quizá la respuesta más ponderada fue la del propio Borrell mencionada más arriba. Con un corolario irrefutable del ministro: “…de igual manera que no vamos a exigirle a Francia que presente disculpas por lo que hicieron los soldados de Napoleón cuando invadieron España. Igual que los franceses no van a pedir explicaciones a Italia por la conquista de las Galias”. El ministro acierta de lleno con ejemplos muy pertinentes. Dicho de otro modo, la lista de posibles disculpas sería tan larga como para encadenar una serie interminable de episodios que la causalidad histórica, que no es moral precisamente, ha conectado desde hace siglos. De un modo más brutal, como afirma Noah Harari en su celebrado último libro 21 preguntas para el siglo XXI, nadie ha dicho que la historia sea justa.
  Tras esta reflexión se podría matizar aún algo más: por ejemplo que, admitida la brutalidad de ciertos aspectos de la explotación a la que los castellanos sometieron a la población americana, de sobra conocidos, trabajo en las minas (no más brutal que el que estableció Roma en Hispania), encomiendas, imposición de estructuras sociales y administrativas importadas, de lengua y religión (en la historia antigua de España se habla de romanización en un sentido positivo, por contraste), destrucción de Tenochtitlán, etc., hay que recordar lo que la comunidad de historiadores tiene muy señalado, a saber: que la mayor parte de la mortandad de los habitantes del continente americano se debió a la falta de defensas ante las patologías propias de Europa; que hubo denuncias inmediatas de los abusos (el célebre Bartolomé de las Casas); que Castilla legisló los derechos de los americanos en 1542 con las no menos famosas Leyes de Indias, si bien es cierto que hubo numerosos incumplimientos; que se desarrollaron experiencias de relativo éxito, aun discutibles en determinados aspectos, como las misiones de los jesuitas o reducciones, ejemplo precursor de las utopías ilustradas del siglo XVIII.
   Un último punto que requiere una matización. Se habla frecuentemente, y el propio presidente de México lo acaba de hacer, de genocidio de la población americana por parte de los conquistadores. El término es inadecuado por cuanto vuelve a suponer un reduccionismo histórico sin rigor alguno. La acepción usual de “eliminación sistemática de un grupo humano” no se dio en la América española. Murieron muchos, cierto, por las causas apuntadas anteriormente, pero nadie propuso ni ejecutó un plan sistemático de exterminio. El genocidio es un término moderno pues designa una realidad moderna, especialmente de ese siglo XX que reveló tantos horrores: el genocidio armenio de 1915-1916, el genocidio de los judíos por los nazis, el holocausto de Stalin en Ucrania, el de los jemeres rojos, el de Ruanda. La lista es lo bastante larga por sí sola para que vengamos a engrosarla de manera impropia con añadidos espurios.
   Fuera de argumentaciones históricas, la diplomacia debería hablar en este caso. Las palabras de Borrell, una vez más, demuestran sensatez en medio de un coro desaforado de declaraciones fuera de lugar: “Hay que mantener la mejor relación entre los pueblos”. Y sin duda hay fórmulas que permitan un gesto de la diplomacia española hacia México sin que parezca forzosamente una claudicación ante las exigencias del señor Andrés Manuel López.

sábado, 2 de junio de 2018

Rajoy, fin de la c(u)ita



   La caída de Rajoy puede parecer, a primera vista, tan inesperada como oportuna. Solo hacía una semana que el Congreso había aprobado los Presupuestos Generales y el ex presidente daba por hecho finalizar la legislatura no antes de 2020. Y en cuanto a la oportunidad, hoy se despeja el camino a la recuperación del gobierno autonómico en Cataluña después de siete meses de Artículo 155.
   Sin embargo, un análisis de más calado permite ver que el germen del hundimiento estaba en el panorama político desde hace un tiempo. No es banal reparar en que la mayoría parlamentaria que ha derribado el gobierno de Rajoy es la misma que salió de las elecciones de junio de 2016. ¿Qué ha variado pues para que haya triunfado la moción de censura? En primer lugar, el valor del intento previo de UP y la candidatura de Pablo Iglesias. El líder de PODEMOS no consiguió el objetivo, pero puso los puntos sobre las íes al señalar la corrupción antigua y constante de muchos de los dirigentes del PP. En segundo lugar, el cerco mediático y judicial a esa corrupción, que se ha incrementado desde entonces, con la aparición, para desgracia del PP y de Rajoy, de más casos, algunos tan sonados como el de Cristina Cifuentes o el de Eduardo Zaplana. En tercer lugar, como se ha visto, la sentencia del caso Gürtel. Ha sido la gota que ha colmado el vaso, es lo que han debido de pensar los grupos parlamentarios que han votado contra el gobierno del PP. Pero era una bomba de espoleta retardada. Pese a sus 134 diputados, el PP ha estado en minoría evidente en la cámara. Todos los demás, por razones diversas, estaban contra él. Los catalanes y vascos, por razones relativas al encaje territorial, sin mencionar la escalada del asunto de Cataluña. UP y PSOE, porque son partidos de izquierdas y, en el caso del segundo, por los impulsos renovados tras el triunfo hace un año de Pedro Sánchez en las primarias para la secretaría general de su partido. S0lo hacía falta un catalizador que hiciese explotar al gobierno. Y se produjo con la sentencia. Pero no hay que despreciar el arrojo de Sánchez al presentar la moción de censura.
   El PP ha cavado su propia fosa. Pero no es la primera vez que lo hace. En las dos ocasiones en que ha gobernado en España, con Aznar y con Rajoy, ha salido de mala manera. El 14 de marzo de 2004 el PP perdió unas elecciones que cuatro días antes se auguraban victoriosas. Las perdieron por la mentira contumaz y torticera sobre la autoría del atentado del día 11 de marzo en Madrid. Parece que no aprendieron la lección: la corrupción y las mentiras sobre ella han hecho hartarse a sus señorías. Rajoy mintió en la pantalla de plasma, mintió el 1 de agosto de 2013 en el Congreso, mintió en su declaración como testigo ante los jueces en julio del año pasado y ha desdeñado sistemáticamente las preguntas de la prensa sobre los casos de corrupción de su partido. Mentir de nuevo sobre la sentencia era la única estrategia posible, pero esta vez no les ha funcionado. Hay un límite para todo.
   La estrategia de Rajoy, tan alabada por la prensa de derechas, de dejar pasar el tiempo ha contribuido poderosamente a su caída. Y con ella arrastra a su partido. El talante personalista del PP ha impedido la aparición de voces críticas y cuando han surgido han sido ninguneadas o acalladas radicalmente, como con Cifuentes. La inacción, la pasividad, la putrefacción de la ética política de Rajoy son los culpables de la caída. El otro escalón en el que Rajoy ha tropezado ha sido Cataluña: no vale la pena referir los aspectos tan lamentables de una gestión errática y cobarde. Todos recordamos las visitas inútiles de la ex vicepresidenta al señor Junqueras, las cargas policiales contra ciudadanos en su mayoría indefensos el 1 de octubre del año pasado, la instrumentalización de los tribunales para resolver la ausencia de políticas de diálogo. Alargando los tiempos, Rajoy ha durado menos que Aznar y menos que Rodríguez.
   Pero volvamos a la moción del día 1 de junio. La audacia de Sánchez ha generado varias consecuencias:
1.       La perspectiva de una cierta unidad de la izquierda política, añorada por amplios sectores de la ciudadanía que han visto con desencanto la lucha interna en el PSOE tras el descabalgamiento de su líder el 1 de octubre de 2016; y de quienes votaban a PODEMOS con la esperanza de mayores réditos electorales para un cambio de envergadura.
2.       Ciudadanos ha quedado descolocado. Solo había que ver el gesto descompuesto de Rivera en la tribuna o en el saludo de felicitación al candidato investido. Su apuesta de adelanto electoral, basada en las encuestas, ha quedado desvirtuada. Tampoco estaba claro el auge de su formación en las generales. El modelo catalán, que allí si triunfó con Inés Arrimadas, no tenía por qué repetirse en España.
3.      La liquidación del problema Rajoy/PP. Se intuían más casos de corrupción, más desmentidos y falsedades del gobierno anterior y más inacción desidiosa sobre Cataluña. Un partido que empezó  a lucrarse en los tiempos de Aznar mediante la adjudicación de obra pública y grandes eventos a cambio de comisiones ilegales que eran repartidas entre sus principales dirigentes y acumuladas por la tesorería de la calle Génova y en las bancas de Suiza no podía seguir gobernando. Hace ya tiempo que Sánchez le dijo a la cara a Rajoy que no era decente. Ha tardado un poco en actuar en consecuencia.
4.      El final del gobierno lleva implícito el final de una política típica de la derecha española de la democracia que Rajoy ha llevado a su máximo exponente: la soberbia y la impunidad. La soberbia del “no me voy, me quedo, me voy a quedar”. Rajoy ha caído como sus predecesores corruptos. Aguantando el sillón frente a toda evidencia, sostenido en la mentira y hasta el límite de lo racional. Solo que la caída de Rajoy ha tenido tintes de drama shakespeariano. Bien está lo que bien acaba.
   Ahora se intuye una oposición feroz. Es posible. Pero antes el PP va a tener que afrontar su proceso de renovación. Las victorias unen del mismo modo que las derrotas separan. Rajoy no tiene ya afectos, excepto los pocos que decidan dejarse arrastrar al precipicio con él. La lucha interna empieza enseguida. Y el ex presidente no sobrevivirá a ella. El PP debe renovarse completamente. Eso los mantendrá ocupados. Siempre habrá que aguantar a ese hincha violento y vaporoso que es su portavoz, esgrimiendo los fantoches de una ultraderecha que sigue sin transigir con la memoria histórica, con los nacionalismos, con los imaginarios lazos de PODEMOS con el terrorismo etarra o iraní, con los populismos, con la “traición” de Ciudadanos…
   El corolario es que la democracia, lejos de estar en crisis, se renueva oportunamente gracias a la irrupción de nuevos partidos, a la aparición de movimientos sociales de todo tipo (15-M, plataformas antidesahucio, movimientos feministas y contra la violencia sexual, pensionistas) que ofrecen resistencia a políticas (antipolíticas) que, con el pretexto de la crisis, han ahondado la brecha económica entre las clases y han llevado a una parte de los ciudadanos a una situación de precariedad que supone la antítesis del objetivo de justicia social que debe ser el fundamento de una democracia moderna. La derecha española de Rajoy ha empeorado notablemente respecto a la de los tiempos de Aznar. Por incompetencia, por falsedad, por corrupción, por mendacidad y por falta de sintonía con las clases menos favorecidas. Librarse de ella era una obligación y un propósito que pareció necesario a sus señorías. La estrategia de Ciudadanos quedaba fuera de la foto. No había alternativa: con Rajoy o contra Rajoy. La torpeza del ex presidente y de su partido fue no ver que todos estaban contra ellos. No se habría entendido que el PNV hubiese votado otra cosa.


   La imagen del escaño vacío toda la tarde del día 31 fue un reflejo del mandato del gallego: puro escapismo, mezcla de su crónico desdén y su patológica cobardía. No sabemos si en el reservado del restaurante en el que pasó la tarde lo dejaron fumarse un puro, pero sí advertimos en televisión su paso tambaleante al franquear el umbral. Quizá ha sido la imagen más humanamente irresponsable del general que intuye la derrota. Ya puede ser compadecido, aunque a muchos nos va a costar.


martes, 27 de febrero de 2018

Presentación de "Lugares de interés"

El día 16 de febrero, en la librería Antígona, fue presentado el poemario Lugares de interés. Desde aquí doy las gracias a todas las personas que han hecho posible esa publicación. Queden estas fotos para el recuerdo.

















lunes, 5 de febrero de 2018

Lugares de interés



Sobre los viajes

“La poesía del viaje no reside en descansar de la monotonía de la vida doméstica, del trabajo y las preocupaciones, ni tampoco de la azarosa convivencia con otras gentes o en la contemplación de otras imágenes. Tampoco reside en la posibilidad de satisfacer una curiosidad. La poesía del viaje reside en la experiencia vital, es decir, en el enriquecimiento, en la incorporación orgánica de lo recién adquirido, en el incremento de nuestra comprensión por la unidad en la diversidad, por el gran tejido del mundo y de la humanidad, en el reencuentro de unas verdades y unas leyes antiguas bajo unas condiciones nuevas.
(…)

 “El que no necesita ahorrar tiempo y dinero y siente el placer de viajar, debería tener la necesidad imperiosa de hacerse suyos, pedazo a pedazo, aquellos países en los que se adivina algo codiciable para sus ojos y su corazón, y conquistar un fragmento de mundo con un aprendizaje y un goce lentos, echar raíces en muchos países y coleccionar, del este y el oeste, piedras para el hermoso edificio de una amplia comprensión hacia la tierra y sus formas de vida.”

Herman Hesse, El arte del ocio.


Sirvan estos fragmentos para asentar una justificación no solicitada de esta entrada con dos poemas del libro recién publicado por STI Ediciones Lugares de interés. En él se entrecruzan percepciones y evocaciones de dos viajes realizados por el autor entre marzo y abril de 2017, el primero al norte de Italia y el segundo a Grecia. 
El poemario se completa con el prólogo de Julio García Caparrós y las ilustraciones del interior y de las cubiertas realizadas por Josep Mateu Profitós.
Se reproducen a continuación dos poemas.



PLAZA SAN MARCOS

Alas de papel disputan 
en un cielo pintado
círculos secretos.

Trazan los pináculos
las ondas del insomnio.

Un reloj
atrasa las horas
sobre la almohada
y me absorbo
en otros delirios.




CARIÁTIDES

¡Cómo definir la mirada!
Se perdió la sonrisa de bronce
y el reino de Fidias.
Se ganó la palabra inquieta
y la gravedad de un dios nuevo.

Ojos de mármol escrutando
el futuro sin ahora, 
nostalgia de hoplitas y teoremas.




jueves, 10 de agosto de 2017

La lucha por la desiguald


El historiador y editor Gonzalo Pontón publicó en septiembre de 2016 un amplio volumen titulado La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII. El libro, prologado por Josep Fontana, responde con exactitud enciclopédica al título enunciado. Y su tesis, defendida en sus páginas con rigor y vehemencia, es que el siglo XVIII supuso en la historia europea el momento crucial de aceleración de la desigualdad que hoy resulta característica del capitalismo de crisis en el que nos movemos. Enlaza con la idea clave de Pikety de que la desigualdad tiene una historia tan larga como el propio sistema capitalista, con momentos de reducción y otros de desarrollo. Para Gonzalo Pontón el siglo XVIII representa el inicio de esa expansión de la desigualdad de las clases sociales. Y se apresta a demostrarlo con una aportación apabullante de datos y cierta entrega iconoclasta que no rehúye polémicas con otros historiadores.
Para empezar, desmiente los propios conceptos de “revolución agrícola” y de “revolución industrial”. En el primer caso, afirma que los campesinos se vieron sistemáticamente expulsados de la tierra, en Francia por el feudalismo tardío, y en Gran Bretaña por el capitalismo incipiente de los cercamientos y el uso de utillaje moderno. En cuanto a la revolución industrial inglesa, sugiere que fue paulatina, sin despegue, contra las convenciones académicas aún predominantes. Resalta la intervención decisiva del estado británico a través de regulaciones y de aranceles, los más altos de Europa entonces. La industria británica se benefició de una enorme demanda de productos manufacturados, lo que llevó a sus fabricantes a optar por un modelo de economía de oferta que supuso la opción más depredadora para la especie humana, en un momento en el que el hambre y las grandes epidemias habían sido erradicadas. En suma, fue el comienzo de la explotación.
Pontón dedica un amplio apartado a dibujar los rasgos esenciales de esa explotación: mano de obra de mujeres y niños y salarios miserables. Buena parte de los inventos técnicos de la época se hicieron pensando en la mano de obra de los niños, que, junto con sus madres y hermanas, mantuvieron la vida de los pobres de Gran Bretaña. Algo parecido sucedió en España y Francia. De modo que la “fiebre consumista” fue protagonizada por las clases medias, que vieron crecer su poder adquisitivo mientras en Europa el número de pobres alcanzaba los cien millones.
El autor evidencia, en un ámbito más puramente político, que Inglaterra ganó casi todas las guerras del siglo XVIII gracias a la combinación de préstamos baratos e impuestos elevados y con el concurso de una tropa reclutada entre pobres, deudores, vagos y maleantes. Por supuesto, hubo protestas y motines contra ese criterio de recluta y contra los ricos. Protestas que, por razones diferentes, se venían dando también en Francia. La “grande peur” había empezado en realidad, sostiene Pontón, en el invierno de 1788, que fue el más frío del siglo; y se recrudeció en el corazón de Francia a partir de marzo de 1789. Por cierto que en ese mismo contexto contestatario sitúa el motín de Esquilache en España, protagonizado por comerciantes, trabajadores, artesanos, albañiles y criados. La represión posterior, decretada por el conde Aranda, supuso la detención de más de seis mil personas.
Gonzalo Pontón aborda con profusión los aspectos culturales de la Ilustración. Ninguna empresa de educación sistemática de los niños fue puesta en práctica por los gobernantes europeos, con la excepción quizá de Prusia y el imperio de Austria. En Inglaterra no hubo enseñanza elemental obligatoria hasta la Ley de Educación Elemental de ¡1870!
En cuanto a los más puramente ideológicos, su conclusión es rotunda: los filósofos ilustrados eran mayoritariamente aristócratas reaccionarios, adscritos al lado de la burguesía y contra las clases populares, a las que despreciaban. Consideraban peligrosa la igualdad política y social, aunque no la natural. Solo salva a Spinoza, como precursor, a Pierre Bayle y al barón d’Holbach.
En cuanto a los monarcas de Europa, niega el apelativo de ilustrados a todos ellos, sin excepción. Es especialmente crítico con Carlos III, lo que puede provocar más de un sarpullido entre algunos historiadores españoles del siglo XVIII, dada la oficial tendencia a considerarlo el más preclaro ejemplar de la dinastía reinante, después del actual, por supuesto.
De los ilustrados y políticos españoles apenas exonera a Jovellanos, Antonio Campmany y algunas cosas de las que emprendió Olavide. Despacha con dureza al marqués de la Ensenada, a Campomanes, a Floridablanca, al padre Feijoo y a Cadalso. Pero no es menos severo con Voltaire, Montesquieu o, sobre todo, Rousseau.
En su introducción Gonzalo Pontón anticipa las conclusiones a las que después llega. La burguesía se impuso en la segunda mitad del siglo a los estamentos feudales y transformó su potencial económico en potencial político. Pero esa misma burguesía emprendió a continuación una lucha por la desigualdad más duradera y más triunfal: “la que la enfrentó a las clases subalternas de las que se había escindido y que habían de ser, ahora, sus vasallos como antes lo habían sido de los señores feudales, pero con un cambio fundamental en los modos, en las formas y en el lenguaje: ahora los comunes serían libres para contratar su fuerza de trabajo con la nueva clase dirigente. Se iniciaba así un nuevo avatar del capitalismo, ahora como sistema social y forma de vida que excluía toda alternativa”.


miércoles, 19 de julio de 2017

Tertulianos tóxicos


Los programas de tertulia televisiva sobre temas políticos de actualidad están de moda. A diario, con una alternancia precisa, aparecen en la pantalla los mismos periodistas, portavoces parlamentarios, politólogos y expertos varios sobre las diversas ramas de las ciencias y los escándalos políticos.
El televidente se arma de paciencia sin poder reprimir al mismo tiempo un morbo inevitable por la esperada gran noticia de la corrupción, que nunca llega porque todas son grandes, aunque cada vez nos lo parezcan menos a fuerza de costumbre. Y ahí están los técnicos de la información y de la intoxicación para comentarlas. Pero el debate acaba convirtiéndose en una escaramuza de buenos y malos, según el pelaje ideológico de cada tertuliano. De modo que es muy difícil averiguar casi nada que no se sepa de antemano. A veces la discusión alcanza el nivel calificable de bronca, con el consiguiente enfado de al menos dos de los tertulianos y el regocijo de una buena parte del público.
Hay un programa en el que se olisquea la sangre constantemente, con tertulianos casi fijos: La Sexta noche. Hay que reconocer el buen oficio del presentador, Iñaki López, que sabe manejar con exquisitez y temple los momentos de mayor tensión. Pero a veces la cosa llega a mayores y resulta casi imposible sujetar a las fieras.
El sábado 15 de julio, una fecha oportuna como pocas, la disputa entre el ubicuo director de La Razón, Francisco Marhuenda, y Jesús Maraña, director de infoLibre, a propósito de la noticia generada porque el ayuntamiento de Guadalajara quería cobrar los gastos del funeral de un fusilado exhumado de la Guerra Civil en aplicación de la llamada Ley de Memoria Histórica, subió de tono. Pronto sucedió lo inevitable: el tema se desvió a los orígenes y causas de la propia contienda.
El inefable Marhuenda mostró lo que con cierta frecuencia le cuesta ocultar, quizá porque no lo intenta. Pronto sacó el argumento de que la República ya había hecho un golpe de estado en 1934, en Asturias y en Barcelona. Lo manejó sin rubor como descargo del que dieron los militares en julio de 1936. También tuvo tiempo de mencionar que las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude, pues estaban manipuladas. El nuevo revisionismo histórico, establecido que el franquismo es indefendible, tiende a remontarse a lo que considera sus antecedentes para continuar el desprestigio de la etapa republicana. Cuando Jesús Maraña intentó argumentar que los historiadores dan por sentado que el golpe de estado supuso el inicio y la causa inmediata de la Guerra Civil, el conspicuo director de La Razón se quitó la media careta que aún lleva y le replicó que esos historiadores eran “unos chorras”. De nuevo repitió los exabruptos, envalentonado cual júligan con varias pintas en el cuerpo. Afortunadamente, la admirable bonhomía de Jesús Maraña evitó que la bronca fuese a más. También terció el presentador, con una cambiada larga y pase prudente a otro tema.
Probablemente los historiadores a los que aludió Marhuenda con ese calificativo tan poco elegante no estaban ante el televisor la noche de marras viendo el programa. No sabemos cómo les habría sentado ese comentario de quien presume una semana sí y otra también de varias licenciaturas y doctorados, de ser profesor en la universidad, de ex director de gabinete del presidente del gobierno y de no sé cuántas cosas más. Pero a quienes nos hemos dedicado con suma modestia a explicar la historia de este país a miles de alumnos durante años las afirmaciones de Francisco Marhuenda nos repugnan profundamente.
No se discute que, en efecto, elementos de la oposición política y social a los gobiernos de derechas intentaron un golpe de estado en Asturias; ni que la Generalitat llegase a darlo en octubre de ese mismo año. Tampoco que hubiese conventos e iglesias que ardieron en Madrid en mayo de 1931, pero no fue la República la que los hizo arder. Hay una profunda raíz de descontento anticlerical en algunos de los movimientos de protesta social de la Europa contemporánea: la Semana Trágica de Barcelona de 1909 es el más célebre, pero la quema de iglesias no es un fenómeno nuevo en la historia del continente (véanse los motines de Gordon de Londres en 1780). Son hechos que la historia debe asumir, explicar e interpretar. Ahora no se queman iglesias, se organizan 15-M.
Pero el punto más humillante de los desatinos de Marhuenda es que da cobertura moral al golpe de los militares de julio y atribuye de paso a la República la principal responsabilidad de la guerra que vino después. A nuestros alumnos les enseñamos que la guerra fue provocada por un golpe de estado que destruyó la legalidad de un régimen democrático salido de las urnas; y que de resultas de la guerra se estableció en España un régimen fascista que reprimió a los vencidos durante al menos los doce años siguientes al final de la contienda. Flaco favor hace el tertuliano a quienes procuramos ser objetivos y educar a los jóvenes de este país en lo más cercano a la verdad histórica. No sé qué pensarán de las palabras de Francisco Marhuenda los Julián Casanova, Gabriel Jackson, Santos Julià, Enrique Moradiellos o Paul Preston, pero me lo puedo imaginar. Por desgracia ellos no aparecen tanto en televisión.

viernes, 26 de mayo de 2017

LSD


  Droga pura y dura. El proceso de primarias del PSOE ha dejado resaca. López, Sánchez y Díaz nos han hecho alucinar durante unas semanas de ¿campaña? electoral sin precedentes en la historia reciente de la democracia española.
  El primero apeló siempre a la unidad, intentando en apariencia mediar entre dos facciones irreconciliables, en fin, queriendo ser aguja de coser un roto, rebelde a fuer de desgastado el tejido. El segundo ganó por deméritos de los rivales y hastío de muchos militantes hacia la corrupción del PP. La tercera perdió por una mezcla de torpeza (mal cálculo de sus poderes) y de soberbia (no hubo programa ni campaña propiamente, excepto la reiteración del vamos a ganar al PP).
  Pedro Sánchez fue descartado prematuramente cuando la cuartelada del 1 de octubre lo descabalgó de su montura. Un golpe tan zafio, propio de la España decimonónica, no podía ser perdonado por los espíritus ecuánimes. Cierto que la entrevista con Jordi Évole en Salvados le granjeó más enemistades (en realidad eran las mismas que ya tenía, solo que ahora fueron declaradas), de modo que más de uno certificó su entierro político (ya había sido ejecutado por la “ejecutiva”). Sin embargo, obró con audacia juliana y, tras dejar el acta de diputado, empezó a sopesar las posibilidades que le ofrecía el proceso de las primarias.
  La audacia fue sustituida por astucia. Primero calibró la traición de sus allegados: aprendió una dura lección política en sus carnes por las defecciones de Luena y Hernando. Después comprobó la mala fe de la gestora al dilatar todo el procedimiento con la esperanza de que se disolviera el tufo de la asonada. Por último, corroboró la sospecha de la mala planificación de Susana Díaz, que hizo una campaña sin principio ni fin, llena de frases huecas, y tardíamente anunciada. López nunca fue rival, sino el contrapunto ético que resaltaba la banalidad de las propuestas de Díaz. Al menos, Pedro Sánchez entonaba de nuevo el mantra del “no es no” y la versión revertida de “sí es sí”, con la diferencia de que ambas cobran más sentido cuando ya es evidente que el partido del gobierno se mantiene indignamente sobre un flotador relleno de corrupción.
  Los análisis habituales de que las bases saben lo que quieren y están alejadas de las élites son básicamente ciertos. Susana Díaz nadaba contra la corriente y no supo leer la historia reciente de su propio partido: Borrell, Zapatero, el propio Sánchez… Su rostro en la foto de la noche electoral delataba algo más que decepción.
  Ahora se abre un futuro incierto. Los barones del PSOE han quedado tan desairados como la propia candidata apoyada por ellos. Cuando acusaban a Sánchez de haber hecho daño al partido emplearon una saña impropia, pero sobre todo innecesaria. Nunca reconocerán que ellos han hecho más daño que el propio “secretario general electo”.
  Hará bien Sánchez en no fiarse de ellos. Si fueron capaces de una alcaldada como la del 1 de octubre, son capaces de poner todos los palos en las ruedas del nuevo secretario. Pero hay que darles un margen de confianza, no debería verlos Sánchez como enemigos.
  Más claros tiene otros. Los de siempre. El editorial de EL PAÍS del 22 de mayo se volvía a despachar a gusto: El “Brexit” del PSOE. La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.
  Más allá de la poco afortunada y oportunista comparación con la salida del Reino Unido de la UE, el segundo titular supone ya una declaración de guerra. ¿Por qué profundiza la crisis la victoria de Sánchez? Intenta explicarlo el editorialista, pero es poco creíble, se tira a la yugular con un odio atávico difícil de entender, excepto por un contagio de los métodos y estilos de la caverna mediática de la derecha más rancia.
  Comienza acusando a Sánchez de las derrotas electorales (¿olvida a Alfredo Pérez?), las divisiones internas y los vaivenes ideológicos. Las divisiones internas no las produjo él, uno no se divide solo, lo dividen. Los vaivenes se los impuso la baronía cuando el 28 de diciembre de 2015 le prohibió pactar con nacionalistas/independentistas.
  Después comete un error de bulto equiparando el Brexit con el reférendum colombiano y la victoria de Trump. Pero da por hecho que los tres acontecimientos son el resultado de prácticas torticeras de los diseñadores de las campañas electorales, como si de nuevo los votantes no supiesen votar.
Sin embargo, la línea profunda del razonamiento es más increíble: Sánchez no pudo gobernar ni puede hacerlo, lo cual, según el editorialista, lo inhabilita para ser secretario general. Parece deducirse el silogismo de que solo quien esté en condiciones objetivas de gobernar está legitimado para saltar a la palestra de la política española. Sin embargo, Susana Díaz habría estado en las mismas condiciones que su rival, fuera del Parlamento y sin posibilidades hasta las próximas generales, independientemente de que ella no hubiese hecho “giros ideológicos”.
  Justo por hacerlos tiene Sánchez más posibilidades que Susana Díaz. El editorial termina con una especie de maldición profética e insiste en la profundización de una gravísima crisis interna con Pedro Sánchez al frente. No parece darse cuenta de que la victoria de Sánchez refleja el triunfo de unas ideas que están pidiendo la modernización del partido. En vez de mirar al legado de un pasado no tan ejemplar, las bases están señalando a todo el partido, no a Pedro Sánchez, el camino del futuro. Y de una forma irreprochablementedemocrática. De la que carece, por cierto, el dedo del señor Rajoy.
  EL PAÍS no parece entender que el grado de hastío de la ciudadanía hacia la corrupción del partido gobernante se incrementa. Con la excepción del gobierno de Felipe González, ningún otro ha presidido España durante más de ocho años. Cuando termine ese ciclo, si hay cierto mantenimiento de la leve recuperación, el PP perderá las elecciones, habrá dejado de ser el instrumento tal vez necesario, tal vez útil para salir del hoyo; y, por lo tanto, será prescindible. La socialdemocracia se maneja mejor en la abundancia que en la escasez, a diferencia de la derecha, que solo sabe gestionar injusticia, desigualdad y recortes. El populismo es también de derechas y puede llegar a ser muy reaccionario. Es populista exigir responsabilidad por sistema a los partidos de la oposición con el o estás conmigo o estás contra mí, como si no hubiese otras vías. Es populista descalificar al adversario sistemáticamente, es populista negar las evidencias de los recortes, la corrupción y los intentos por taparla para que no aflore. Y es groseramente populista y maleducado, al estilo del más adusto Maduro, que el señor Rajoy no haya felicitado al nuevo secretario general del PSOE.